La playa

A la playa me costó bajar la mañana entera.

Me perdí entre casas y carreteras por las que el coche casi no cabía hasta ir a dar a una panadería donde me bajé a comprar empanada y a hacer preguntas.

El panadero, con el pelo blanco como la harina, se molestó en ser prolijo en sus explicaciones hasta que yo pudiera comprender que había que subir, llegar otra vez a la carretera principal, y volver por el camino que inicié para desviarme esta vez por una calle indicada sin salida que era donde estaba el aparcamiento de la playa, si es que se le puede llamar así a una explanada abierta en el monte.

Fui también a comprar agua a un restaurante donde parecía que la atracción del día era yo perdida en esa aldea remota en lo alto del acantilado que debió de ser de pescadores, inmersos en ese silencio del fondo marino, que es como yo imagino ese mundo de los marineros que me fascina y por el que Pla dejaba su masía para ir a comer y a conversar con ellos. ¡Qué suerte!

En el aparcamiento de la playa, lo primero que noté es ese olor a laurel que tiene el aire del monte en los días soleados, mientras se oía el sonido del arbolado, todavía original, de bosque primario, que tenía aquel claro que habían habilitado para unos coches que resultaban igual de absurdos y de ajenos que si hubieran sido platillos volantes, tal es la belleza de este paraje.

Unas mariposas, que no me detuve a identificar, pero más grandes de lo normal, volaban casi a ras del suelo, entre el sol y la sombra. Luego, apareció la escalera de cemento, aleluya, por la que ya se atisbaba, casi en vertical, la playa, con la arena blanquísima, y al fondo el agua de un azul muy claro entre los laureles de un verde muy oscuro que caían entre las rocas. Por un momento, me recordó a la Costa Brava.

El sonido de columpio oxidado de un carbonero se mezclaba con los graznidos de las gaviotas, uniéndose en el aire el mar y la tierra. Porque aquí el bosque primario, el que no fue plantado por la mano humana, llega hasta la misma orilla, si le dejan; tal es el milagro de algunos lugares en Galicia, donde los robles dan sombra a la arena.

No sé si escribir, porque son cosas que no entiendo, pero quizás, sí, hay que decirlo, porque va también, inexplicablemente, con la Galicia mismo, cómo es posible que siendo esta playa tan hermosa, se les haya ocurrido poner, para que no haya basura, unas bolsas de plástico negras, ensuciando la vista de todo aquello. ¿Cuesta tanto una papelera? La belleza, hay tanta en esta tierra, que no se ha valorado, aún, lo suficiente.

La playa, además, como no tiene chiringuito ni bar ni entran las excavadoras a destrozar la arena, está limpísima, con las algas del día en sus orillas, y otras sumergidas, algunas de un azul iridiscente que sólo he visto en las aguas más puras y que es la preciosa Cystoseira tamariscifolia. Casi todos los que vienen aquí, bucean para ver de cerca estas maravillas.

Con la marea baja, por la luna llena azul del otro día, había rocas y piedras redondeadas por el oleaje al descubierto, y charcos de marea donde se podía observar todo un universo, camarones, erizos, ermitaños, sin necesidad de sumergirse y que es como contemplar el firmamento a simple vista.

La playa tiene una collera de charranes pescando, tirándose de cabeza al agua para salir con el pez en el pico, haciendo ese ruido, como de grillo en el cielo que te alegra el alma, mientras el agua va y viene.

Entre las grietas de las rocas, viviendo de la salpicadura de las olas, están florecidos los eneldos marinos cuyas hojas se llevaban aliñadas a bordo los marineros para sus travesías.

No digo el nombre de la playa porque, además, jamás la encontraríais.

 

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