La desheredada

Estaba en el puente, sacando unas fotos al río.

De vez en cuando, levantaba la vista hacia el fondo de este puente que se llamara “de tabla”, porque una vez fuera de tabla y ahora es de cemento, una suerte de pasarela peatonal que une las dos orillas de Nájera.

Mis padres estaban al fondo, hablando con un señor de pelo blanco, y por lo que parecía, charlaban muy entretenidos. De vez en cuando me señalaban con la conversación y con la mirada, cosas que interpretas no sabes cómo porque la distancia era la suficiente como para no oírles.

Al poco rato, mientras fotografiaba una lavandera blanca y gris, de la que, no me había dado cuenta, vuela sobre el agua con la cola un poco abierta en abanico, el hombre que hablaba con mis padres se me acerca y se me presenta como el hijo de Adolfo Ortíz de Zárate. Me cambió la cara. Días atrás estuve fotografiando precisamente la puerta verde de su casa en la calle Mayor, que me extrañó verla abierta. Una preciosa casa donde vivió don Adolfo, el médico de Nájera que fuera un gran malacólogo, experto en moluscos y en particular en todas esas caracolas que hay en las huertas y las choperas como la caracola de colores, Cepaea nemoralis, también llamada jerigüelo tan abundante en los bosques de bojes de Anguiano y ahora algo menos en las choperas a cuyos troncos se encarama tres o cuatros metros la caracola de colores cuando el tiempo viene seco.

Todo esto lo escribo de memoria porque me encanta el libro de don Adolfo Ortíz de Zárate López, tal es mi admiración por su obra y cómo va contando su vida como médico, cuando había que ir a caballo a ver a los enfermos, y cómo se entretenía con los caracoles que observaba en la huerta de su casa. De ahí que se mi iluminara la cara cuando se me presentó su hijo, más o menos, calculé, de la edad de mis padres, de unos ochenta años, tal vez más joven, con buen aspecto, como suele suceder a los militares aunque cumplan años.

Hablamos brevemente de su padre y en un momento determinado me comentó que todas sus obras ya las había donado al Museo Nacional de Ciencias Naturales, pero que tenía uno de sus libros manuscritos que no sabía qué hacer con él, a quién dárselo. Me quedé callada porque me di cuenta perfectamente que no lo decía por mí sino que, sinceramente, no sabía a quién dárselo que pudiera apreciarlo de verdad. Se me ocurre que tiene que haber muchas instituciones y muchas personas, pero me llamó la atención, que estando hablando de su padre y de los caracoles conmigo, ni siquiera me preguntara si me hacía ilusión tener ese libro a mí.

Al irse, me dijo: “Te leo en el ABC, mucha poesía ¿no te parece?”

Me entristeció que considerara la poesía una forma menor de abordar la Naturaleza, de aprehender la que quizás sea la parte más esencial de ella, ésa que no se puede medir ni dibujar ni describir sino es con alguna fórmula artística, incluida la música, y la poesía, claro.

Me fui caminando por el puente hacia donde estaban mis padres con los que acababa de discutir porque no me dejan que les lleve en coche. Caí en la cuenta de que mi padre, en toda su vida, jamás me había dejado su coche, ni siquiera cuando, siendo jovencísima, dos años antes de acabar la carrera, lo necesitaba para trabajar. Mi padre también es militar.

Todavía hoy, con 86 años, no me deja su coche, ni que le lleve yo con el mío, como si viera en mí para conducir el mismo defecto poético que parece que tengo para algunas personas cuando escribo.

Ahora estoy de regreso en mi casa de Galicia, pero no me quito esta sensación de desheredada que me he traído de La Rioja, no sé si por el coche de mi padre, o por el libro de Ortíz de Zárate.

¿Cuánto se me ha dado en la vida? Tengo unos dibujos de Mingote que guardo para mis hijos, con cartas de algunos escritores ilustres, y un libro que me regaló mi tío Federico sobre las Indias. Tengo unos pendientes que fueran de mi tatarabuela y que me llegaron porque creyeron que eran de bisutería, y tengo una libélula de latón que alumbraba por las noches el jardín de Villa Pilar, una caja de madera con unos erizos de castaño, la miniatura de una gumía de plata que me regalaron mis padres, el retrato que me hiciera mi tía Berta con 13 años en Valvanera, y un gran espejo con un marco que habría que restaurar donde se miraron mis antepasados.

Y tengo la Naturaleza que, tal vez, dirige la palabra sólo a los desheredados.

Y ésa, es mi mayor fortuna.