El río Najerilla

Bajaba esta mañana el río Najerilla con un agua tan clara que el sol florecía de brillos.

Aunque la cita de Heráclito diga: “En los mismo ríos entramos y no entramos, somos y no somos” y que nos llegó a través de Platón como “nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”, a mí este río Najerilla me parece que, afortunadamente, ha cambiado muy poco, porque yo lo recuerdo así, con el agua muy clara, cubiertas las piedras con ese mismo verdín, una suerte de mucílago dorado que está hecho de luz, calor y diatomeas continentales que al microscopio son como cajas de zapatos con una sola célula dentro y que segregan esos mucílagos que resbalan precisamente para ir colonizando la parte de la piedra que vemos, a la que le da la luz y que, de siempre, resbala.

Luego están las espadañas y los carrizos y toda suerte de flores, como los ranúnculos acuáticos que florecen de blanco y que se diría que vienen a aprovechar el trasiego de insectos que van por las orillas, con el ir y venir de las golondrinas y de los vencejos.

Más arriba, el río va cambiando y hace pozas más verdes entre las huertas, los viñedos y los chopos que repiten en el aire con las hojas el sonido del agua. En esas pozas más profundas ya podías sumergirte y nadar aunque no vieras nada de lo que había debajo, lo cual le daba un aire misterioso al mismo río que en otros tramos dejaba ver su fondo como a su paso por el puente de Arenzana donde tenía tan poca agua que mi tía Mayte extendía una tumbona de las de playa y allí se ponía en bikini, amarillo limón, en mitad del cauce como si estuviera en Marbella.

Al final siempre tenía que marcharse porque solía haber tábanos que picaban como avispas, algo que también nos pasaba a los niños en cuanto nos bañábamos: era tener la piel mojada y venir a picarnos los insectos como si el agua sobre la piel fuera una miel para ellos. La verdad es que esa agua del Najerilla nos hacía brillar de lejos con el mismo dorado de las piedras del río.

Más arriba, hacia la sierra de la Demanda, el agua se iba volviendo más fría, y había una fuente, la de la teja, cerca de Anguiano, donde crecían berros que se comían. A mitad del verano, se organizaba una romería al Monasterio de Valvanera, hasta donde algunos subían andando, para luego juntarnos en el río Valvanera, hermosísimo afluente del Najerilla, entre los helechos y los fresales bajo los hayedos que extendían sus ramas de un verde oscuro sobre nuestras cabezas dejando pasar el sol sobre algunas pozas a las que íbamos a bañarnos pensando que el agua podría estar allí algo más caliente pero era entrar y congelarte para luego salir y parecerte lo más cálido del mundo la fresca sombra del haya en verano.

Los mayores no se bañaban y sólo se acercaban a la orilla para enfriar el vino entre las piedras mientras los niños hacíamos presas esperando lograr detener el río, cosa que jamás conseguimos.

A media tarde, tras la comida en la que no faltaban los pimientos riojanos con huevos duros, cuando ya parecía que todo acababa, siempre había alguno de los mayores que se volvía, como si hubiera subido río arriba, de pronto un niño que hacía la gracia de mojar con un vaso de agua a otro, lo cual provocaba una verdadera persecución de adultos como si, de pronto, se hubieran transformado todos en chiquillos hasta acabar, entre risas, empapados, aunque no tuvieran nada para cambiarse. Mis tíos Chuchi y Berta, que se alojaban en la hospedería del monasterio, acaban prestando ropa a todo el mundo.

Cada año se hacían seriamente la promesa de no repetirlo.

Y cada año había alguien que encendía la mecha salpicando con la bengala de los dedos el agua del río.

Todavía hoy, nos acordamos de estas cosas, mientras baja el mismo río Najerilla con otra agua.