Libros de casa

A veces pienso que mi casa en vez de ladrillos tiene libros.

Acabo de recibir un correo electrónico de un amable lector que, a raíz de un artículo en el que escribí que no encontraba un libro de Pasternak, me ofrece un sistema para ordenar la biblioteca.

Es algo que siempre he admirado, la gente que tiene ordenados los libros porque los míos son como si tuvieran vida propia, yendo de un lado a otro de la casa, que hasta en la cocina los tengo, libros de poesía, entre los platos de loza. Es con los árboles, lo que más me gusta observar al regresar a éste, el paisaje de mis lecturas.

Primero, miro lo que ha crecido el haya donde ya me moriría de felicidad si un día me encontrara posado sobre su corteza al escarabajo longicorne azul llamado Rosalía alpina, tan celeste que se confunde sobre el tronco porque el haya tiene la corteza lisa y un poco azul, y cada vez que miro al haya no pierdo la esperanza de que este escarabajo aparezca porque ya empiezo a pensar que las especies son la avanzadilla de los paisajes, y no al revés, como hasta hace poco creía; de manera que la aparición del escarabajo sería el indicio de que esta haya será la que, como los ombúes en la pampa argentina, señale de lejos dónde vivo.

Me encanta encontrar las flores de los castaños por el suelo, los avellanos con los frutos justo debajo de la hoja, como para que no les de el sol, o no los vean los pájaros desde el cielo. Y luego, ya dentro de la casa, tumbarme en el sofá y mirar a lo alto por encima de las puertas, las filas de libros y abajo el ventanal con el robledal al fondo moviéndose con el viento, y la hierba muy seca, pero las ramas de los robles tan verdes que hacen que no me importe que unas hierbas anuales se sequen teniendo tanto verdor en lo alto, y tanta sombra fresca debajo.

Mi suegro, cuando ve un edificio de muchas plantas, suele decir: “Allí, aunque no te lo creas, hay alguien que se siente feliz porque está en su sofá”. Cada vez que me tumbo en el mío, mirando los libros, lo recuerdo. Porque estos libros no son de adorno sino que los he leído uno a uno, algunos varias veces, que incluso en las cenas, siempre me gustó ponerlos en medio de la mesa entre las flores, vigilando muy bien cuáles ponía, como si fuera a sentar a los propios autores a cenar.

Hace unos años, se me ocurrió invitar a cenar pero no en el comedor ni en la cocina sino en mi despacho, donde no había nada para dar una cena, más que libros. Puede que esa cena, sea la mejor que he dado en mi vida porque mezclé en el centro de la mesa mis libros preferidos con las flores y las velas, y aunque no éramos más que seis personas, la cena dio un trabajo tremendo…llevar todo hasta allí…tenerlo todo a mano para ir sirviendo… y sin embargo puede que sea la cena que mejor me ha salido porque la compañía era inmejorable, no sólo por los amigos, sino porque en el centro estaban los libros que más me gustaban.

Cada año suelo acudir a una preciosa cena literaria donde siempre echo en falta que a nadie se le ocurra poner libros, o al menos el recorte de algún artículo adornando la mesa, porque alimenta la letra tanto el alma como las flores.

Y aquí estoy, abriendo uno y otro libro, Emerson, Machado, Kierkegaard, Coleridge, Delibes, Chéjov, Séneca, Montaigne…sigo sin encontrar a Pasternak.

Me tumbo en el sofá y miro mis libros como si fueran ramas.

No crecen como los árboles pero me dan el mismo cobijo.