Olas de calor

Las plantas crecen mejor cuando no estamos.

Es lo primero que he pensado cuando por la mañana he abierto la ventana y me he encontrado con el sol tratando de atravesar una pared de hortensias azules que tapiaban hasta la mitad la luz de la cocina. Sé que todo esto es un desastre ahora mismo, pero a mí me encanta. No se muere, en mí, mi ser silvestre. Ese que disfruta con la hierba que ha venido sin convocarla, y que ha espigado en mi ausencia, donde el topo me ha destrozado una vez más el campo que había segado, dejando montones de tierra que hoy están secos, casi resquebrajados por la falta de agua como terrones de un barbecho.

Los pastos, no queda uno verde, pero hay flores por todas partes, ya que muchas de ellas son de origen africano, como los agapantos que este año han florecido adelantados como si temieran que luego no hiciera tanto sol y hubieran querido aprovechar este de ahora, que es puro fuego, nostalgia de su tierra de origen.

Los girasoles que sembró el carpintero, aún no he tenido tiempo de ir a verlos, porque además está tan alta esta hierba agostada que no me deja ver el campo de al lado. Abajo, la alberca, no tiene casi agua, y esto me preocupa muchísimo porque entonces las golondrinas, si es que este año han venido, no podrán beber en vuelo al tener que bajar tanto entre las paredes. Al lado, mi hijo vio ayer un puerco espín, un erizo. Por aquí, ignoro la razón, nacen muchísimo, y hay veranos que no te dejan dormir porque cuando salen a andar, son muy andarines estos erizos, los perros les ladran enfadados al no poderles hincarles el diente. En ocasiones, de manera muy delicada, como si sus bocas fueran las de un faquir, los transportan los perros de un lado a otro lado, facilitando así la dispersión del erizo que casi siempre suele salvarse. El ruido que hacen de noche, es de los que más me gusta escuchar, además del canto del chotacabras, también africano como los agapantos, y que es una suerte de estornudo, o de ronquido, mientras camina el puercoespín entre la hierba buscando quizás caracoles porque he visto muchas cáscaras rotas nada más llegar ayer por la tarde.

Salimos de Madrid con tanto calor que las hojas de los plátanos de paseo caían secas como si fuera otoño, y el viento del desierto las hacía crujir contra las aceras, conformando un espectáculo de pesadilla: era verano y parecía un otoño ventoso y tórrido.

Me contaron hace unos días que en un documental de televisión habían explicado que el Sáhara era un vergel hace seis mil años, algo que desconocía y que me ha dado qué pensar porque si está avanzando el desierto hacia el norte; de hecho, muchas de sus especies ya lo están haciendo como si anticiparan lo que está por venir, me parece que el norte de la península ibérica, donde ahora me encuentro, va a ser una suerte de isla, de tabla de salvación para los náufragos de las olas de calor como nosotros ayer, ahogándonos mientras cargábamos el coche, huyendo de una nube de calima que avanzaba como un maremoto.

Esta noche, por vez primera en muchos días, dormimos tapados.

Quizás deberíamos de empezar a pensar en algún tipo de vegetación que detenga el avance del calor y de la arena, la desertificación que viene, como detienen en mi ventana las hortensias la luz del sol.

Meditar si no vendrán de un mar que avanza estas olas de calor.