La piscina

Me parecía imposible, el fin de semana pasado, haber encontrado en Madrid esa isla de agua, que es la piscina.

Y que fuera sábado por la mañana y no tuviera nada que hacer, que mis padres tuvieran una comida, de esas que acaban a las siete de la tarde, que mi hijo mayor y mi marido estuvieran al otro lado del Atlántico, y que mi hijo pequeño se hubiera ido con unos amigos.

Una piscina en junio, ¿qué más se puede pedir?: Un libro. Aún a riesgo de quedarme sin tumbona, me fui a comprar el libro que había recomendado en televisión Fernando Rodríguez Lafuente, de quien me fío completamente desde que una vez me habló de William Henry Hudson, el escritor argentino de “Los veinticinco ombúes” y de otras obras como “Aventuras entre pájaros” que no he dejado de leer desde entonces.

En este caso, hablaba de Modiano, y de un relato ubicado en París, “Para que no te pierdas en el barrio”, aunque al ir a comprarlo estuve dudando si sería ese el título, pero el precio me decidió porque sí lo recordaba, 14,90 euros, como si los números se hubieran enredado mejor en mi memoria que las letras. Un relato parisino, urbano, para leer en esa paz y felicidad del primer azul del verano que es el de una piscina donde no conoces a nadie.

Siempre, en junio, me acuerdo de mi infancia. De cuando, acabado el colegio, estábamos aún en Zamora, donde mi padre seguía destinado, y una amiga que tenía una finca a las afueras de la ciudad nos invitó a un grupo de amigas a pasar el día. Mi madre sólo me hizo prometerle una cosa: que no me bañaría en la piscina.

La casa, resultó ser una de esas casas que se ven al fondo de una huerta que es un rectángulo más largo que ancho, como el trazado de una “i” en la tierra, donde el punto fuera la casa. La huerta estaba llena de guisantes granados que recolectamos y que comimos crudos. Puede que esto ya lo haya contado, o que sencillamente regrese cada vez que los guisantes fructifican y crea que ya lo he escrito, cuando sencillamente es que vuelve a haber guisantes, aunque el recuerdo quede ya tan lejos que haya desaparecido.

Tras la recolección, toda en verde, bajo ese sol amarillo y azul del junio zamorano, serían las cuatro o las cinco de la tarde cuando fuimos a bañarnos a la piscina. Bueno, mis amigas fueron a bañarse, porque yo me quedé en el bordillo, mirando.

La piscina era además una de esas piscinas que están en alto, como suele haber en las huertas, quizás porque antes que piscinas fueron albercas para el riego donde bebían al vuelo las golondrinas, pero en vez de verde como en una alberca, el agua era de un azul cielo, igual que el azul que hacía de techo para ese día.

Desde allí, se atalayaba todo el verdor de la huerta a mis espaldas, y delante todo el azul del agua de la piscina. Las gotas de sudor caían como lágrimas del pensamiento por mi frente de once años mirando cómo se bañaban mis amigas.

La dueña de la finca, contemplando la escena, me dijo: “Mónica, te dejamos un bañador y te das un chapuzón y luego te secamos el pelo y no se lo decimos a tu madre”.

Incapaz de articular palabra, sólo sabía decir que “no” moviendo la cara.

Cuando el sol cayó al agua, vinieron mis padres a buscarme.

“¿Qué tal te lo has pasado?”

Era junio, acababa de empezar el verano.