La visión

Es la segunda vez que me llama la atención una visión.

La primera fue a propósito de un gran libro, un librito dirían quienes miden la literatura al peso, de Einstein titulado “Mi visión del mundo”.

Desde que lo abrí, me pareció una maravilla, por la sencillez con la que habla de los temas más complejos, con frases que no dejan de asombrarme cuando las releo, como “el dinero no lleva más que al egoísmo”, o que el verdadero valor de las personas está en olvido del Yo, o esa otra que me encanta sobre el misterio: “El misterio es lo más hermoso que nos es dado sentir. Es la sensación fundamental, la cuna del arte y de la ciencia verdaderos. Quien no la conoce, quien no puede asombrarse ni maravillarse, está muerto. Sus ojos se han extinguido.”

La segunda visión, acabo de descubrirla, y me parece que de ahora en adelante va a ser tan fundamental para mí como el asombro que siento por la Naturaleza. De alguna manera, ha removido conceptos que tenía asentados sobre la evolución y que ahora contemplo de otra manera, gracias a lo que en sus “Ensayos bioeconómicos” escribió un economista rumano que falleció en 1994 pero que para mí nació hace unos días tras leer lo que, seguramente tras pensar mucho, había escrito. Se llamaba, se llama, Nicholas Georgescu-Roegen.

Puede que el pensamiento, que es algo que nos es tan propio que nadie es capaz de oírlo ni de verlo ni de leerlo cuando está dentro de la jaula del cerebro, sea lo único que verdaderamente atraviese el tiempo, que el pensamiento sea la cosa que más pese de todas para dejar huella en el mundo. Y entre todas las cosas que pensó Georgescu-Roegen, he encontrado esta frase que me parece no sólo fruto de su visión, sino casi un aviso a navegantes, o una pista para que sigamos pensando: “Nuestro destino depende mucho más de nuestra sabiduría que de nuestro conocimiento”. Puede que nuestra especie, la Humanidad, sea un pensamiento colectivo continuo.

Se refiere a una nueva visión de la economía, una visión transdisciplinar, es decir, donde todo hay que considerarlo a la vez, y no por partes: la Economía, la Humanidad y la Naturaleza, desarrollando un concepto del que no es inventor, puesto que se acuñó en 1913, pero sí su máximo impulsor, que luego ha devenido en “economía ecológica” pero que creo que tendría que recuperarse en su primera acepción, que es la bioeconomía, aunque solo fuera porque para practicar la bioeconomía hay que empezar por ahorrar palabras, además de ahorrar todo lo que podamos de los recursos naturales de los que disponemos a bordo de la Tierra.

Cuanto más leo sobre bioeconomía en sus ensayos, más interesante me parece lo que piensa Georgescu-Roegen al considerar con Lotka que “la especie humana se ha dotado de instrumentos artificiales, verdaderos órganos exosomáticos sin los cuales no puede vivir. Estos órganos multiplican sus capacidades, pero refuerzan su dependencia respecto a los recursos minerales y naturales necesarios para construirlos y hacerlos funcionar”.

La luz del Sol es casi lo único que entra y que sale de este sistema cerrado que es la Tierra, donde las decisiones humanas son responsables del estado actual de unos recursos naturales cada día más escasos y estropeados para una población en aumento con una dependencia, precisamente por haber evolucionado de manera extraordinaria, cada vez mayor de esos recursos. La bioeconomía que propone este lúcido economista habla sin embargo de la esperanza de poder cambiar el curso de nuestro destino “a través de unas decisiones conscientes”.

Su visión se resume en una de sus frases: “Ama a tu especie como a ti mismo”.

Me ha recordado a lo que está escrito en inglés en el escalón de entrada de la librería “Shakespeare & Co.” de París: “VIVE PARA LA HUMANIDAD”.

Sin duda Nicholas Georgescu-Roegen lo hizo.