El patio

El patio es la parte de atrás de la arquitectura.

Me parece curioso que siendo el patio el lugar más fresco y hermoso en el campo y en muchos pueblos, en la ciudad se haya convertido en lo que suele ser: un lugar carente, no ya de belleza, sino de toda lógica humana con una sordidez gris que contrasta, más ahora en junio, con el azul limpio del cielo por donde vuelan, chirriando, los vencejos.

Como ahora voy siempre caminando, no se me escapa casi ninguna fachada, sobre todo si puedo verlas un poco de lejos, cuando atravieso con la mirada, como si el mirar fuera igual que la luz del sol, los cristales de unas hermosísimas galerías de una forja muy trabajada, y los grandes ventanales en ocasiones con adornos de hojas de acanto que, aunque sean de escayola me producen casi la misma felicidad que los acantos que se dan a la sombra de los cedros.

También es un recreo ver los patios. Casi no me creo que esos mismos edificios que llevan con orgullo la fecha de construcción y el nombre del arquitecto, sean así por detrás, porque además se suelen juntar en estos grandes patios varias traseras de edificios, y si bien por delante, aunque no siempre, hay una cierta armonía, por detrás es tal el caos que resulta hasta divertido darse cuenta de que también para hacer de cualquier forma las cosas, hay estilos distintos.

¿Qué sucedió? ¿En qué momento se perdió la belleza del patio en el camino que va del campo a la ciudad?

Porque conviven en el mismo espacio abierto, con el cielo azul de techo, pequeñísimas ventanas sobre una fachada desvencijada de ladrillo desde la que ve la pared del patio del edificio de enfrente, esta vez gris, pero gris de vejez porque un día, lejano, fue blanca, con las ventanas de aluminio y los cables de los tendales con alguna prenda, como olvidada, y muchas pinzas colgadas como pájaros en una cerca. No me extiendo por las conexiones, cables, antenas, bombonas y demás artilugios que, como por el interior de un organismo, tiene por dentro el patio.

En algunas paredes ciegas, sin una sola ventana, se aprecia la señal de haber tenido una ampelosis subiendo por la fachada porque en algún momento alguien observó lo feo que era el patio y puso a crecer el verdor, pero otro dijo que no, que aquello podría estropear algo, y entonces arrancó la hiedra que ya iba por el tercer piso quedando, ay, grabado todo su recorrido como un árbol estampado, que son en realidad estas trepadoras, árboles en una sola dimensión que dejan todas sus bifurcaciones y las patas con las que se fueron agarrando tan marcadas que no hay manera de quitarlas, que hasta sus ventosas se llevan la pintura si se las arranca por haberse pegado a sus patas el lugar conquistado, como las semillas que consiguen navegar en la tierra que llevan los marineros en la suela de sus zapatos.

Yo aquí tengo un patio también muy antiguo, que la verdad, en su vejez, no me disgusta, pero he de reconocer que nada tiene que ver con la parte de delante del edificio pero, bueno, tiene su gracia, con una suerte de agujeros, como de bombas que hubieran caído, tapados con rejillas para que no aniden las palomas.

Leí hace unos días que no se puede considerar que la Tierra sea un sistema cerrado porque es permeable a la luz del sol.

Puede que el mundo sea redondo para no tener partes de atrás, patios donde esconder la luz del sol, su sombra.