La posteridad

Cuando hablamos de la lucha por la vida no se hace con la perspectiva también de esa otra vida que es la posteridad.

En principio se diría que cualquiera que en su día fuera brillante tiene el pase asegurado a ella, pero por lo que voy conociendo me doy cuenta de que no sólo en la vida, sino también tras la muerte, hay una lucha por la supervivencia.

Me llamó la atención, cuando estuve en París hace unas semanas, la estatua que hay de Lamarck en el Jardín de Plantas, justo al entrar. Lo que me pareció verdaderamente curioso, no fue la estatua en sí, sino la leyenda que había debajo del nombre de LAMARCK, todo en letras mayúsculas y grandes: AU / FONDATEUR DE LA DOCTRINE/ DE L´ EVOLUTION (Al fundador de la doctrina de la Evolución) y otra más abajo en la que dejaba claro que se había construido el monumento con las aportaciones de los ciudadanos (SUSCRIPTION UNIVERSELLE/ 1908).

Había, de alguna manera, la intención de dejar grabado en piedra que el padre de la teoría de la Evolución fue Lamarck, y no Darwin, quien en vida, y también para la posteridad, se ha llevado al final toda la gloria, aunque como decía Salinas, y lo cito de memoria, si el cuento acaba mal es porque no ha terminado de contarse.

Algo parecido venía barruntando ya desde hace años cuando me puse tras la pista de un español, Félix de Azara, que nombra Darwin dos veces en “El origen de las especies”. En esto no hay una pega, porque nombra Darwin a todo el mundo, que incluso de Lamarck dice que es un “naturalista justamente célebre” pero al mismo tiempo desprecia su teoría, mientras lee, tranquilamente desde su casa, la “Filosofía zoológica” de Lamarck para, con las ideas y los pensamientos ajenos, encaramarse Darwin al monumento más alto de todos.

Pasó también con Wallace, quien en el archipiélago malayo llegó a una importante conclusión, y fue a cometer el error de escribir a Darwin para después, tras leer su manuscrito, “el padre de la teoría de la evolución” llamar a una persona tan influyente que persuadió a Wallace para que publicara su teoría con Darwin en la Sociedad Linneana. ¡Pobre Wallace! ¡Qué gran error!

No trato de quitarle mérito a Darwin, ni muchísimo menos. ¡Quién soy yo! Pero sí me gustaría dejar claro que según voy leyendo sobre Darwin, veo que siempre hay alguien detrás que sabe mucho más que él y que hizo el duro trabajo de campo, mientras que Darwin lo recopila como el periodista que sabe preguntar y resumir y vender su historia como nadie. Y en eso Darwin, en la divulgación, fue sin duda el mejor de todos construyéndose una posteridad en la que quedaron sepultados nombres como el de Azara, Wallace o Lamarck, el verdadero y primer padre de la teoría de la evolución.

Se me ha puesto la carne de gallina, y es absolutamente literal esto que escribo, cuando buscando fotos para comprobar la inscripción en la piedra, me he encontrado con la parte de atrás del monumento, que no había visto, donde sale su hija en bronce dirigiéndose a Lamarck, ya viejo y ciego, con unas letras que dicen, y que se traducen como: “La posteridad te admirará, ella te vengará, padre”.

Me ha emocionado, porque cuando he descubierto esta frase tenía ya pensado y escrito la mitad de este artículo bajo su título: “La posteridad”.

Si sigue la colecta abierta, pueden contar conmigo para acrecentar el monumento a Lamarck.