El picamaderos

De los pájaros carpinteros se llama picamaderos al más grande y al más negro.

La verdad, es que el nombre de picamaderos me gusta para todos ellos, aunque se les llame de otras maneras, pitos reales, incluso petos, como se denomina en Galicia al que tiene tantas tonalidades que no parece un pájaro carpintero sino un ave tropical, con todos los colores menos los del mar porque es amarillo y es verde y es rojo, aunque vuele como las olas.

Tengo unos amigos que me contaban que estos carpinteros tan coloridos se estampaban contra la cristalera de su casa por las tardes y que tenían que reanimarlos. Se conoce que en algún momento la luz del sol daba de tal manera que en vez de convertir el cristal en espejo, parecía una ventana abierta por la que debían de creer estas aves, de considerable tamaño por otro lado, que podían volar hacia los cerezos atravesando la casa como si fuera un puente ya que estos pájaros carpinteros vuelan en ocasiones muy bajos y casi siempre haciendo ondas, como en el caso del vistoso peto (Picus viridis) que se diría que se apoya en el aire para subir y trazar una nueva onda invisible que a mí me gustaría ver pintada.

El caso es que, lejos de parecerme un inconveniente, que mis amigos contaban con cierto fastidio por los sustos que se daban; que hubiera tantos pájaros carpinteros a mí me parecía una razón suficiente como para gustarme su casa, a la que, de ser mía, hubiera tenido siempre con las ventanas abiertas, o al menos hubiera puesto alguna silueta, o tal vez alguna frase pintada, para que los carpinteros no confundieran el cristal con el vacío de lo que no se ha dicho por escrito.

Un célebre ornitólogo asturiano, Alfredo Noval, compró precisamente su casa en Villaviciosa, y a muy buen precio, porque tenía un alero de madera lleno de agujeros que había hecho un picamadero, no recuerdo la especie exactamente, pero el caso es que, según me contó el hijo de Noval, mientras el vendedor de la casa se disculpaba por el desaguisado en el tejado, para el ornitólogo aquel inconveniente era la prueba de la riqueza que buscaba y que, al final, creo que es lo más valioso de una vivienda: la vida que pusimos dentro, y la que creció por fuera, esos árboles que plantamos y que fueron llamando, a voces que nosotros ni siquiera acertamos a oír, a los pájaros que pasaban para que se quedaran con ellos.

Puede que lo mejor que tenga en mi casa, sea precisamente un nido de pájaro carpintero en un roble, del que sale al final del verano un pollo que es parecido a los padres pero más pequeño y más desdibujado y, sobre todo, mucho más confiado.

Porque estos pájaros carpinteros se alejan haciendo olas, no ya cuando te acercas, sino cuando perciben, no sé cómo, que les estás mirando, tal vez porque al abrir la ventana, dio el sol al cristal, esta vez para avisarles.