Las espadañas

Por tener las hojas forma de espada, he escuchado llamar espadañas a plantas muy distintas.

Una de ellas, sale tan a la orilla de los arroyos o regatos, que va marcando su camino con unas flores amarillas que recuerdan a las de los lirios de Van Gogh y que en los prados inundados, como no sabiendo adónde ir, terminan por salir por todos lados, conformando una estampa que dura solo unos días pero que deja su imagen para siempre: la de los ácoros bastardos florecidos de amarillo, a la luz del atardecer, entre las púas de la alambrada que delimitan el prado lleno de agua.

Pero espadaña es también el nombre que reciben las eneas, con las que se hacían tantas sillas que incluso había un oficio, el de silletero, que era quien hacía los asientos de las sillas con las hojas secas y retorcidas, con forma de espada, de la espadaña o enea, y que todos, por poco observadores que seamos, hemos visto a la orilla de las lagunas, porque se distinguen claramente las espadañas o eneas por esa suerte de puros en lo alto que es su inflorescencia femenina y que está en tantas escenas de obras de arte con patos de por medio, generalmente azulones de alas verdes.

En casa de mis padres, había, sigue habiendo, un adorno que consiste en unos patos de plata en pleno vuelo, con las eneas o espadañas en la base, al igual que en un cuadro de Jiménez que fuera de mi abuela, y en el que unos azulones salen huyendo, entre las espadañas o eneas, o aeneas, que además así se llaman. También en casa de mi abuela había sillas cuyos asientos eran de enea, con el característico dibujo en diagonal, y siempre había alguna un poco deshecha porque aunque fuertes, terminaban por soltarse, como si quisieran las hojas marcharse del asiento como patos que volaran sobre las lagunas.

Los nombres que reciben las eneas o espadañas son muy curiosos porque algunos hacen referencia a los cohetes a los que se adosa su caña o tallo, que incluso en vez de espadañas se les llama en algunos lugares cohetes directamente, esos “fogetes”, como los denominan en Galicia, que a mí y a mi perra nos aterran cuando llegan las fiestas, no sólo por el ruido que hacen sino precisamente por esa vara que sale volando con ellos y de la que nunca se sabe dónde, como una flecha, acabará por caer.

Hay lagunas donde, cuando están muy eutrofizadas, se reproducen tanto alguna especie de espadaña, que avanzan por el agua a tal velocidad que pueden llegar a taparla casi completamente, a la manera en la que los manglares andan por los mares tropicales, de manera que hay lugares que para pasar con una valenciana, una de esas embarcaciones alargadas y de poca obra viva, ha habido que abrir previamente un camino como si se transitara por una selva, quitando estas espadañas la luz pero dando a la vez refugio a especies de agua dulce, como las fochas, los zampullines, los patos colorados y tantas aves que entre las espadañas se esconden y nacen, como esos somormujos que parecen tener sobre un fondo blanco, el color del limo de la orilla, y la sombra de las espadañas.

Atendiendo a estos movimientos de las aves en las espadañas, escribió el poeta Luis Chamizo…”Como las espadañas y los pimpájaros/ que al alentar la tarde se tambalean”.

Me cuesta distinguir las especies, de las tres que hay en España, todas del género Thypa, pero no es espadaña lo que me sale al verlas, sino enea, y la claridad del asiento de una silla deshecha por el tiempo.