Lilas del Jarama

Hace unos días compré unas lilas, cuyo olor me recuerda a cuando vivía de niña en Madrid y nos llevaron de excursión a una casa en el Jarama.

Todavía llevo, en la memoria del estómago, la cena que nos dieron las monjas y que consistió en un puré de patatas; sin más.

Éramos tantas niñas las que íbamos, que dormimos como pudimos en las camas de aquella casa enorme y destartalada que tenía la fachada de un color vainilla muy claro, con muchos desconchones, como si hubiera ido a menos mientras la vegetación iba a más, intentando los árboles y los arbustos disimular a fuerza de verdor su abandono, sin conseguirlo de ninguna manera, sino todo lo contrario, ya que es precisamente por el jardín donde primero se nota la soledad, o la quiebra de una casa.

En cualquier caso, la idea de estar al lado de un río, en vez de una calle, a mí me resultó suficiente para ir soñando cómo sería el día siguiente, con esa costumbre que tenía por aquel entonces, y que he perdido completamente, de imaginar el sueño antes de dormirme.

La verdad es que recuerdo muy poco de aquella excursión, puede que fuera allí donde viera por vez primera un molino de viento, de esos metálicos, cosas ya muy desdibujadas que ni siquiera consigo recordar mínimamente y, sin embargo, cada vez que paso cerca del Jarama, me acuerdo siempre de aquélla casa.

Debimos de ir en esta época del año porque en el jardín había lilas florecidas y ese olor me trae la casa y el río y esa excursión de la infancia, por lo que cuando pasé hace unos días por un puesto de flores que hay en la plaza de Colón, al ver en cubos las lilas florecidas de malva, no pude evitar la tentación de comprar dos ramos. Al olerlas, cuarenta años salieron volando.

Me dijo el chico del puesto de las flores que no tenía solo que ponerlas en agua sino sumergirlas completamente, como si en vez de flores fueran las lilas peces, y eso hice: llenar hasta arriba los jarrones y frascos más grandes que tengo, uno de ellos de regalo que me traje lleno de aceitunas de Andalucía, pero las lilas parecen vivir mal alejadas del arbusto del que proceden, como si sólo de su propia raíz, y no del tallo cortado, de una madera durísima, bebieran bien el agua.

Y no es que no beban nada las lilas porque cada mañana me he quedado asombrada cuando a través del cristal del frasco apreciaba cuánta agua faltaba, y aún así las lilas se han marchitado en tres días, como si de una rara melancolía que poco tenía que ver con la cantidad de agua sino con la lejanía del rumor de un río, o con la sequedad del rumor de la calle, se tratara.

Leo ahora que, aunque parezca mentira, pertenecen las lilas a la misma familia de los olivos, las oleáceas, por lo que no estuvo nada mal ponerlas en un frasco de aceitunas, que he dejado ahora en la azotea, a la sombra, a ver si con el aire del atardecer se recuperan, pero no lo creo.

Aún así me parecen todavía gloriosos estos días que tiene Madrid en abril y mayo, cuando el cielo es todavía azul, verdes los sembrados, y en los jardines abandonados florecen las lilas mientras el Jarama pasa, como si nada hubiera pasado.