La repercusión

Aún resuena en mis oídos, dieciocho años después, la pregunta que me hiciera Alfredo Semprún: “¿Ha tenido repercusión algo de lo que has escrito?”

También me dio una orden que desobedecí desde el primer día: “Nada de poesía”.

La cosa, iba en serio, porque lo que iba a escribir era para el ABC de cada jueves, en un billete como el del maestro Manuel Martín Ferrand por aquel entonces, cuando no existía más que el papel y mandábamos los artículos por fax para que los transcribieran los teclistas.

Empecé titulando por todo el largo del billete: “Llegan los pájaros que duermen en el aire”. Me pusieron en Sucesos. Poco después me contaron que votaron qué hacer conmigo y que, por un voto, decidieron dejarme.

Nunca supe muy bien qué quería decir aquello de la repercusión, porque yo además suelo escribir entre almohadones o entre libros, lo más arropada posible, como si pretendiera que el eco de las palabras quedara allí mismo. Cuando de niña entregaba una redacción me iba a mi sitio con la cabeza mirando al suelo, rogando al cielo que la maestra no la leyera delante de mí. Esta es una sensación que a día de hoy no he perdido.

Jamás he sabido explicar esta contradicción de querer expresarte y que a la vez te de una vergüenza horrorosa que alguien te comente algo de lo que has dejado por escrito, como si te pillaran en un renuncio. Yo no sé si a las personas que pintan, les pasa algo parecido cuando exponen su obra, que querrían estar escondidas, como observé que hacía el pintor Turner en una película maravillosa que vi hace unos meses, donde él atisbaba por una suerte de mirilla en la pared a los que miraban su obra.

Es difícil saber para quién trabaja la obra de arte, como si en realidad se escribiera para alguien que no lee, o pintáramos o compusiéramos música o construyéramos un edificio artísticamente para alguien que sabemos con certeza que no va a venir a verlo ni a escucharlo ni a admirarlo y que, sin embargo, queremos que esté digno de quien no está, y que a lo mejor somos nosotros mismos, o una parte recóndita de nosotros.

Por eso la repercusión, esa que se da como un tambor, como el eco en un acantilado, no me haya importado lo más mínimo jamás. De ahí que mis noticias, sean de lo más sencillas, como aquella de ABC, “llegan los pájaros que duermen en el aire”, los vencejos que estoy esperando, mientras veo cómo vuelan por el patio viejo de mi casa las semillas nuevas de olmo como si fueran mariposas porque suben y bajan con un remolino que ha hecho el viento por aquí dentro.

Los vencejos, todavía no han llegado, aunque hace 18 años lo hubieran hecho ya por estas fechas. Tienen que estar a punto de hacerlo. Se les oye en cuanto llegan con un chirrido que el poeta Luis Chamizo llamaba chilrío. Algunos de los que lleguen llevarán tres años sin posarse porque comen y duermen y beben y se aparean en el aire por donde vuelan con el pico abierto para alimentarse de esos insectos que como un aeroplancton flota entre los edificios igual que entre las cornisas de los acantilados donde, antes de las ciudades, anidaban.

A lo mejor algún día resulta que anuncio que “llegan los pájaros que duermen en el aire”, y al fin tiene repercusión.

Ese día, me meteré debajo de la cama.