El despertar

La primavera es una luz a favor.

A punto de cruzar la calle, mientras esperaba en un semáforo, observé el primer murciélago sobrevolando, errático como una mariposa, la calzada.

Se conoce que entre los edificios se acumulan como en un río estos primeros insectos que emergen hasta de las macetas y que los murciélagos detectan y salen al atardecer a por ellos para cazar una media de quinientos insectos por hora.

Son los murciélagos la versión nocturna de las golondrinas, aunque tengan peor fama por ser menos vistosos, mamíferos voladores, siendo las hembras de murciélago las únicas que, ingrávidas, vuelan preñadas. En el campo, solía verlos cuando al aproximarse las elecciones se iban alumbrando unas aldeas que habían permanecido hasta entonces a oscuras y observaba cómo con cada farola que se encendía aparecían los murciélagos, que a su vez acudían para cazar esos insectos nocherniegos que al final suelen ser los que resultan más atraídos por la luz, como si a fuerza de volar sólo por la noche les deslumbrara la luz de la farola igual que el brillo de una lentejuela.

Cuando los veo salir de la hibernación pienso que ahora sí ha llegado la primavera, mucho más que con una golondrina porque son las temperaturas nocturnas las que los empujan a volar afuera tras haber pasado el invierno escondidos en el hueco de algún edificio, o en el tronco de algún árbol por la vejez también hueco, con ese vacío que van dejando los años por dentro, ese principio de la nada que empieza a habitarnos con el tiempo.

Hay una mariposa que parece un libro de poemas de tapas oscuras porque hiberna como los murciélagos en las cuevas con un dibujo como de piedra que recuerda a las lascas de la pizarra cuando tiene las alas cerradas. También hiberna en los huecos de los árboles, sobre las paredes de las minas, e incluso en nuestras casas, y esto es algo que me impresiona, que haya mariposas durmiendo quizás en la caseta de las máquinas, o entre la leña, mientras pasa el invierno.

Al igual que los murciélagos, como si contara en la oscuridad las vueltas que da la tierra, un día sale de su escondrijo a volar y lo hace con las alas rotas, llenas de humedad, desvencijada como una señora con su bata vieja, y así es como vi a una de estas mariposas esta semana, primero sobre el paseo de madera por el que se accede a la playa, sobre la misma arena, como si hubiera hibernado bajo uno de esos botes que dejan varados todo el invierno; y luego otro ejemplar más en mi casa sobre las flores blancas del ciruelo japonés, libando como un náufrago al que de pronto se le da de beber, tan absorta en su tarea que pude observar con calma sus magníficos colores cuando tiene las alas abiertas, a pesar de su vejez, y que van del rojo al amarillo y al azul, con cuatro ocelos, cuatro ojos de trampantojo que tiene esta mariposa Inachis io, conocida como pavo real, al salir de las cuevas para reproducirse y morir tras nueve meses de vida, siendo, por tener esa capacidad de hibernar, una de nuestras mariposas más longevas.

Me pregunto si figura esta mariposa en alguna colección del Museo de Nabokov, tan aficionado a los lepidópteros, pero seguro que sí ya que es una de las mariposas más corrientes de Europa, al alimentarse sus orugas negras de las ortigas que también, empujadas por la luz, de verde y de fucsia, como la ortiga hedionda, están floreciendo.

Mucho más que escribir, le gustaba a Vladimir Nabokov la entomología, esas mariposas que, con la luz, vuelan coloreadas como palabras.