Los pensamientos

Como los nombres de las estaciones, que cuelgan de sus letreros aunque el tren no haya llegado, así me he encontrado al emparrado, aún sin los pámpanos, colgado ya el letrero de la primavera en casi todas partes.

Claro que yo aquí, no he venido buscando el buen tiempo, aunque han dicho que lo hará, sino más bien un lugar donde echar a volar el pensamiento para descansar un poco de la ciudad donde se diría que las palabras que se te ocurren no llegan más allá del edificio de enfrente.

Así como la contaminación se queda atrapada porque dicen que la ciudad no ventila, a mí también me pasa que lo que se me va ocurriendo mientras camino por las calles va y viene con el eco de un acantilado entre las fachadas, igual que esos petirrojos que entran de vez en cuando en la galería y todo es un ir y venir con  golpes y ruidos secos de aleteos y de patas contra los cristales.

Me encanta estar aquí, sin hacer nada, mirando el día, abrir una ventana y si por casualidad se me ocurre algo, echar a volar esos pensamientos por el paisaje, tan lejos que hasta te da tiempo a ver cómo se pierden por el horizonte.

Es una sensación la que tengo aquí de estar en paz con esa suerte de sedal enredado que son las cosas que hemos vivido, de tal manera que, ya sea mirando el océano, o los pastos a lo lejos, puedo ir lanzando el sedal y trayéndolo con alguna frase, o dejarlo ir sin más, sin ni siquiera necesitar pescar nada, porque lo único que quiero es ver cómo pasa la tarde mientras los charranes, o las gaviotas, regresan a sus dormideros, o cómo brilla el agua azul hasta volverse, con los destellos, blanca como una sábana.

Ayer di un paseo con mis padres de los que creo que recordaré siempre, ya echándose la sombra del monte por encima de nosotros, mientras el sol se marchaba hacia la ría dejando unas nubes rosadas como el vino que anunciaban el buen día que hemos tenido hoy.

Estaban por el suelo todavía las varas de mimbio con las que se han atado las parras tras la poda, esas varas doradas de mimbrera que, según me explicó Manuela, se doblan y se doblan como un berbiquí o como un sacacorchos hasta que se doma la vara para hacer con ella lo que quieras, ya sea un cesto o una suerte de cordel para atar el sarmiento al emparrado. Se han podado tan tarde este año las parras que hoy salía la savia de los sarmientos, caían bajo el sol como gotas de lluvia las gotas claras de savia que son tan dulces como el mosto.

Me da miedo que con el plenilunio de Semana Santa, pierda tanta savia la parra que al final no de vino, aunque al igual que José, que fue quien plantó estas cepas de mi casa, lo que yo quiero del emparrado es la sombra, acribillada de luces en verano.

Para que no se acumularan las podas, de noche quemamos los sarmientos en la chimenea mientras, mirando a las llamas, chisporroteaban, muy lejos, los pensamientos.

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Mónica Fernández-Aceytuno

Twitter  @aceytuno