El maestro

El maestro es alguien que ha elegido brillar en otros.

Es lo primero que he escrito, el primer pensamiento que me ha venido a la cabeza cuando tras dejar el paraguas y tantas cosas para pasar los controles, no te puedes imaginar los controles que atraviesas hasta que llegas al pupitre, casi como en un aeropuerto, me he sentado aquí para escribir alguna palabra que te defina con precisión: maestro.

Ojalá me vieras en este momento, bajo la cristalera de la Biblioteca Nacional, tratando de escribir algo sobre ti que merezca la pena. Te recordé hace poco, precisamente con el anterior artículo que escribí aquí mismo, por aquello que me decías, ¿cómo era?, eso de “no rasear” demasiado el balón, que era un verbo y un lenguaje, el futbolístico, para mí desconocido y que sin embargo nunca he olvidado, “rasear el balón”, ese empeño tuyo en que diéramos con la medida justa para contar las cosas, de cercanía y de altura al mismo tiempo, esa arte que tú dominabas por completo, de estar al nivel de lo que decías sin alejarte de los demás para no perder el hilo conductor de la comunicación, ese ancestral misterio.

Ahora que lo pienso, siempre había que mirar hacia arriba para hablar contigo, y no sólo por tu figura, tan espigada, sino porque siempre eran conversaciones de altura, aún siendo de cosas nimias, en apariencia sin importancia. Cosas que ibas dejando caer y que han sido imprescindibles para tantos.

No sé, puede que siga lloviendo afuera. No te puedes imaginar lo que está lloviendo estos días, tal vez lo sepas, cuánto se ha mezclado la lluvia con nuestra tristeza, un pesar que nos pesa como estas nubes que están por encima de nosotros con su grisura, que hasta las flores de los prunos que otras primaveras parecían bajo el sol gotas de agua brillando, estaban hace un momento por el suelo, caídas por las aceras, mientras las hojas se han desplegado como para no dejar vacías las ramas.

Un vacío que no es lo mismo que el silencio, eso también nos lo enseñaste, lo sonora que puede llegar a ser la ausencia del ruido, la importancia de una pausa, de una sonrisa, de un gesto que no se ve. Ahora que lo pienso, quizás eras maestro no sólo de la palabra. Te callabas y lo decías todo. Porque todo lo entendías mientras volaba por delante tuya ese ir y venir de discursos que eran como bandadas de estorninos revolucionando el aire, mientras tú, sucediera lo que sucediera, contemplabas el transcurrir de la mañana impasible desde la claridad de la pecera.

Quién sabe. Tal vez cuando me pediste que te buscara una casa para pasar el verano en Galicia, me equivoqué porque yo te imaginaba siempre mirando tras el cristal y lo único que me preocupó era que la vista fuera buena, y la verdad es que la vista era buenísima, por encima de los castaños y los manzanos de las huertas, con todo el océano por delante, pero ¡qué desastre de casa! ¡cómo no me di cuenta! Espero que tu familia y tu me lo hayáis perdonado.

De todas formas, corresponder a tu generosidad y bonhomía, resultaba imposible.

Mira por donde, acabo de encontrar un adjetivo que te define: bonhomía, y que según el Diccionario de la lengua española (DRAE) es: “afabilidad, sencillez, bondad y honradez en el carácter y en el comportamiento.”

Hasta siempre, querido y admirado Mariano de la Banda, maestro de la radio.

A ver si te gusta este cierre:

Las estrellas, se apagan.

Los maestros brillan para siempre.

Aunque esto, desde tu altura, ya lo sabías.