El bodegón

Como una turista que se ha perdido, así me gusta andar por la ciudad, aunque sepa adónde voy.

Voy a hacer la compra, que es lunes, y no hay nada en la nevera. La abres y aparece ese sol de polo norte que es la bombilla encendida, alumbrando la nevera desierta.

En fin, que escribo como paseo, deteniéndome en las cosas quizás más de la cuenta, pero es así como llevo viviendo desde el principio, y así es como vi esta mañana que los prunos tienen ya sus flores en las ramas, sobre todo en las calles más pequeñas. Procuro huir de las calles anchas, que parecen autopistas, al igual que en el campo prefiero también perderme por las corredoiras donde se oye el ladrido del corzo y está el barro hozado por la jeta del jabalí; esos senderos que tienen en los taludes estos días prímulas silvestres de un amarillo muy pálido y, entre la hojarasca, o la seroja, que es la hojarasca más tardía, de hojas más secas, florecidas por el suelo las violetas.

Cuando cruzo, me gusta observar cómo el sol entra por la calle como el agua de un río para dar de beber, a través del cristal, la luz a las macetas de las galerías, también aquí de hierro, como los balcones. Y así, mirando hacia arriba, es como divisé esta mañana un precioso museo que no conocía, el Museo Carlos de Amberes Madrid, que me ha encantado.

Como tenía que hacer la compra, entré a preguntar qué costaba y, la verdad, me pareció mucho para el poco tiempo que tenía. Al salir, leí los pintores que se anunciaban, entre ellos, Brueghel el Viejo, uno de mis preferidos, porque pintaba las flores con tal precisión que casi se podría decir que son más hermosas que las flores verdaderas ya que, al contemplarlas, huelen en nuestra imaginación esas flores de hace siglos.

Hice la compra sin dejar de pensar en el museo, por lo que cargué con poco y regresé por los pasos de hacía un momento para sacar, esta vez sí, la entrada al universo azul ultramar de este maravilloso museo que te hace llorar nada más entrar al encontrarte sin esperarlo, en la grisura del lunes, con un paisaje de Jan Brueghel el Viejo, en el que hay un parque muy verde con unos venados sueltos, con tal armonía entre las personas y el paisaje y los venados libres tan cerca, que no puedes dejar de mirar tanta belleza en una obra que es enorme.

Luego las guirnaldas de la pintura flamenca, y un bodegón que te deja tan asombrada que te sientas a mirar los membrillos en la loza, los higos en la cesta, las alcachofas por el suelo, las cerezas en cuencos, los melocotones con sus ramas, las uvas con los pámpanos, y lo más curioso, unas avellanas todavía envueltas en su involucro por el suelo, todo ello como si hubiera sido recién recolectado para ponerlo delante de nuestros ojos, con el jaleo que organizan un mono y un perro y un loro de la escena. ¡Qué maravilla! De los bodegones más bonitos que he visto en Madrid, una obra que está aquí ahora de manera excepcional por la remodelación del Museo de Bellas Artes de Amberes. Se titula “Bodegón” (Siglo XVII) y su autor es Frans Snyders. Creo que merece la pena verlo, antes de que se lo lleven.

Con el alma llena por el paisaje y el bodegón, seguí camino a casa, a llenar la nevera.