Las emociones

“El hombre, dicen, es un animal racional. No sé por qué no se ha dicho que es un animal afectivo o sentimental”, escribió Unamuno.

“Y acaso, lo que de los demás animales le diferencia sea más el sentimiento que la razón”, prosigue ya Unamuno con un humor que suena a sorna…”Más veces he visto razonar a un gato que no reír o llorar. Acaso llore o ría por dentro, pero por dentro acaso también el cangrejo resuelva ecuaciones de segundo grado”.

Y cabría añadir que es muy difícil razonar sobre un sentimiento. Para mí, el mayor de todos, es el sentimiento de la maternidad, que jamás caduca. Por lo que llevo vivido y, aunque los hijos sean mayores, casi ya señores, cualquier cosa que tenga que ver con ellos está siempre para mí por encima de todo.

Recuerdo cuando nació mi primer hijo y una tía mía le trajo con todo el cariño del mundo unos patucos que le había hecho. Yo estaba recién parida y bastante maltrecha por lo que no podía siquiera incorporarme en la cama. Mi padre me ponía un espejo tras la cara del niño dormido en la cuna para que pudiera ver lo guapo que era. Es curioso como de días y días, que vives con el pasar de los años, sólo te acuerdas de estas pequeñas cosas, mi padre, mi hijo, el espejo. Tal vez porque en su día me emocionaron.

Como escribía, esa tarde llegó mi tía con unos patucos. Estupendo. Hasta que, sin que yo pudiera hacer nada, al no poderme incorporar, asistí impotente a un momento en el que me sentí como un animal porque percibí de pronto la leona que llevaba dentro y que hubiera soltado un par de zarpazos y varios rugidos a mi pobre tía, a quien no se le había ocurrido otra cosa que destapar al niño de sopetón, mientras dormía, haciendo una ola de corriente con la mantita, dejando sus piernecitas al aire, para probarle los patucos.

No había razonamiento posible: las emociones dirigían todos mis pensamientos.

Precisamente, lo que más me gusta de escribir, es que puedo pensar antes de decir algo, porque lleva más tiempo, pero es que además tengo una máxima que hasta la fecha no recuerdo haber roto, al menos queriendo, y es no enfadarme, ni ofender a nadie, jamás por escrito. Como a los pájaros, a los que escribimos, se nos dio la pluma para volar.

Puede que escribir sea la única manera de razonar verdaderamente las cosas, y en esto, tengo que decir que no estoy totalmente de acuerdo con Unamuno, pues si bien pienso que nuestra especie es sentimental, también es la única que puede razonar por escrito y puede que sea precisamente esto lo que la hace absolutamente distinta, al poder almacenar y transmitir esos razonamientos, y no los sentimientos, que también los animales comparten, porque yo tenía una perra que sólo con mirarme sabía cómo estaba, y a la que echo en falta cada día, aunque jamás habláramos. Me miraba desde la puerta de la cocina con una cierta compasión, como si observara en mí alguna minusvalía, que imagino que era para ella mi escritura; aunque también creo que mi perra sabía que yo allí, sentada en la mesa de la cocina mientras tenía puesto algo al fuego y miraba por la ventana la lluvia, estaba comunicándome de la mejor manera que sé con mis semejantes, que es por escrito. A veces pienso que sólo ella, de tanto observarme durante horas y días y años, comprendió verdaderamente mi forma de estar en el mundo.

Porque, al hablar, a veces, me embargan las emociones. Que es una expresión que me encanta, porque realmente es un desahucio de la razón que las emociones te embarguen. Pero ocurre que, se es madre siempre y esa leona que me acompaña desde el primer parto, sigue joven y dispuesta a dar el zarpazo si alguien dice algo inconveniente, aunque parezca sin importancia, de alguno de mis hijos.

Puede que sea lo único que a mí me haga perder los papeles. Bueno, también con mi madre llevo muy mal que no la traten como merece, y que la hagan esperar en la peluquería cuando ya ha pasado su turno hace más de media hora y nos tengan sentadas en los asientos del lavabo sin ni siquiera venir a ofrecerle un café, una revista, o una palabra amable, que es como el agua, esa amabilidad cada vez más escasa que yo, a veces, por aquí, echo tanto de menos.