Ríos amareados

Los campos están amareados por un mar de agua dulce.

Se ven desde el aire cubiertos por una manta de agua del color de la tierra, tan opaca que no refleja como un espejo las nubes que pasan, sino que se diría que están allí todas detenidas, hundidas, ahogadas en el agua que inunda los campos.

Da pena verlo desde arriba, pensar en la oportunidad que se ha perdido de estar allí abajo con la gente, con las botas de agua puestas, preguntándoles cómo han pasado la noche, o qué sintieron al ver sus sembrados inundados, o sus casas como ríos, y qué necesitan y qué soluciones sugieren.

No siempre estas desgracias tienen que ver con los elementos. A veces son otras cosas las que influyen, cosas que a lo mejor sucedieron hace mucho tiempo, como ir eliminando la vegetación de la ribera que al final era la que agarraba los cauces.

Si hay algo que a mí me da una tristeza inmensa, por muy bien que haya quedado, es que no se respete el entorno del río, que alguien considere que un río es sólo el agua que pasa, cuando el río es su fauna y su flora y la luz que dan al agua sus árboles, que son como puntos que bailaran en la superficie, esos pasos que da el sol desde ciento cincuenta millones de kilómetros de distancia para atravesar las hojas de los bosques de ribera y tocar el agua.

Resulta curioso que sea justo allí, como si los insectos le dieran más valor que nosotros a esa confluencia de la luz y la vegetación sobre el río, donde se reúnen a flotar los zapateros, y las truchas a saltar de debajo de las piedras para atrapar las moscas de mayo, efímeras verdes o naranjas o rojas; que una colección de moscas artificiales, pinchadas sobre un corcho, es una de las cosas más bonitas que he visto porque hablan de la variedad que existe en nuestras aguas, que no sólo hay una mosca por río sino varias especies que cambian en cada tramo, incluso en cada recodo del mismo río, tal es la variedad del agua, de la luz, de la corriente, de la temperatura.

Un río, ¿hay algo con más magia? Si no se ha tocado, claro. Si nadie se empeño, qué manía, en hacer un paseo justo por donde estaban los mejores alisos que agarraban el cauce, o donde había carrizales donde dormían de noche las aves, para hacer un paseo de cemento cuando era mucho más hermosa la arena dorada del río en la que había caracolas. Pienso en esas pozas donde, hundidas a tres metros, tenía el Ebro náyades (Margaritifera auricularia), almejas grandes como una mano, donde se contaban como en un árbol los años que vivían, a veces setenta, oscuras por fuera pero por dentro tan claras y tan lisas como la porcelana. Había tantas náyades que se hacían con ellas mangos para las cuberterías.

¿Qué hemos hecho con los ríos? ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué vamos a hacer?

Todavía hoy, cerca de donde tengo mi casa, pasas por un pueblo donde hay un edificio con diez pisos con los cimientos hundidos en el mismo cauce, pero no en un río cualquiera sino en uno salmonero, que se supone que es una joya; pues bien, allí en medio, se puede ver la fachada con la ropa tendida que da una sombra negra, como de orla de esquela, a un agua que el sol no toca en todo el año, sobre lo que era pureza transparente y luminosa de río, orlada de helechos.

Yo no digo que el cielo no tengan la culpa de esto. Pero quizás habría que meditar sobre si no estamos amareando los cauces, a fuerza de desdibujar su trazado natural, que incluye también a los sotos que solían mantener al agua en su sitio y que, en caso de inundación, impedían al menos que la tierra se fuera.

Este es un verbo, amarear, que me ha encantado en cuanto lo he visto por escrito cuando Ignacio González de Leániz me lo pasó hace unos días tras haberlo escuchado decir a un serrano en Rascafría, a propósito del agua del deshielo cuando baja, que es cuando dicen que el monte se amarea, por la marea del hielo derretido.

También tumbar el agua la hierba, o los campos, es para algunos diccionarios amarear, porque amarear es volverse como un mar el agua dulce.

Una marea que nos tendría que hacer al menos reflexionar.