El terremoto

Lo último que esperas de la tierra firme es que se mueva.

Estaba escribiendo cuando me llamaron por teléfono y al mismo tiempo empezó a moverse el suelo de pino tea, temblando como si el metro estuviera pasando por debajo, y claro, la educación, que siempre hace de cortapisa, no me dejó interrumpir a mi interlocutor, para decirle: “Oye, espera un momento, si no te importa, te llamo más tarde, que no sé qué está pasando.” Hubiera quedado mal.

En vez de eso, bajé de la buhardilla al comedor creyendo que tal vez mi vecina estaría haciendo obras debajo, no sé, un taladro, o una grúa golpeando la fachada, y entonces vi que la hiedra que tenía en un vaso de agua se movía como si soplara el viento dentro de la casa, mientras yo sentía un mareo de barco y entonces, se abrió igual que un claro esa idea en la cabeza, que es una de las que más lento viaja, como si no la concibiéramos: que la tierra estaba temblando.

Sonó el timbre de la puerta, y esta vez sí, tuve que interrumpir a la persona que me hablaba: “Perdona, es que están llamando a la puerta, porque me parece que ha habido un terremoto mientras hablábamos”. Funcionó esta vez en la educación la prioridad de la proximidad, que es el vecino que llama. Lo de juntarse los vecinos cuando pasa algo, tiene su gracia porque me recuerda a las bandadas de pájaros en otoño que se sienten más seguros cuando vuelan juntos en las estaciones adversas para encontrar el alimento y para combatir a sus enemigos, entre ellos el frío, durmiendo en el mismo árbol, y haciendo de día olas invisibles por el aire sobre los sembrados cuando ya se ha recolectado casi todo, hasta que la luz los rompe de nuevo en parejas, y ante la insensatez de la primavera, pierden sus temores.

En este quinto piso, donde vivimos cada uno en su puerta, dando las buenas tardes y los buenos días, de pronto sentimos la necesidad de estar juntos y contarnos lo que ha pasado, aunque en el fondo de nuestro ser ya lo supiéramos: “¿Ha sido eso un terremoto?”. Nos reímos, no se sabe bien de qué, tal vez, sencillamente, de haberlo vivido más que de estar vivos. Y también, cómo no, se lo hemos ido a contar, a las cinco y media de la tarde, a esos otros vecinos que no hemos visto jamás: los seguidores de Twitter que nos piamos unos a otros lo que está pasando, como una bandada de pájaros en una plaza pública.

Cuando vivía en la aldea, sucedió algo parecido, aunque entonces no era por la tarde sino de noche, cuando las cosas con la oscuridad parecen más graves y los sonidos más agudos, porque al sonar el teléfono me desperté tan dormida que me dio pereza salir a la calle, que entonces era el campo, para reunirme al raso, bajo las estrellas titilando, con mis vecinos. Me quedé dentro de la casa y oí como si un tren se me viniera encima, que es el ruido que oyes de un terremoto cuando estás sobre la tierra. Dicen que también huele.

En el centro de la ciudad, sin embargo, no he oído ni olido nada.

Sólo he visto temblar la madera como las cuadernas de un barco.

De pronto, la tierra firme, navegaba.