Las zapatillas blancas

grelos en flor |

Me he comprado unas zapatillas blancas para andar.

En el campo, llevaba siempre botas porque el frío suele entrar allí por los pies, al no haber mantas de asfalto sobre una tierra que es más fría que la piedra en los días de invierno.

Nada hay peor que mojarte los pies. Cuando fui a vivir al campo, tardé en aprenderlo, pues llevaba un calzado muy liviano que usaba por la casa, pero, claro, en la aldea siempre estás saliendo afuera, que si a por leña, que si a por una carta de la cartera, y al final, lo quisieras o no, se te mojaba el calzado. Pasé el primer invierno resfriada.

Al año siguiente, me puse unas botas, de esas que llegan hasta el tobillo y decidí no quitármelas. El problema es que bajaba a la ciudad y llamaba la atención porque al ser una ciudad de provincia, las señoras iban muy arregladas, y aquellas botas de monte que yo gastaba entonces, se hacía raro para la gente que me encontraba porque en estas pequeñas ciudades hay una suerte de negación de la tierra, al estar tan cerca, ya que nada más salir de la ciudad, ya están florecidos de amarillo los grelos que venden en la plaza, o hay una huerta, incluso una vaca. Si rascas un poco, te das cuenta de que casi todos tienen un pasado de aldea, marinera o montaraz, a la que regresan los fines de semana, pero de la que reniegan en los días de diario de tal manera que a la plaza se va a por el pescado muy arreglado, como no he visto arreglarse a casi nadie en Madrid, y se compran las verduras con una cierta distancia, como si la aldea quedara muy lejos, aunque quede a tan solo una o dos generaciones yendo hacia atrás por el tiempo.

Por eso se me ha hecho raro, ahora que estoy en la capital, donde pensé que no me quitaría los buenos zapatos, que estaban impecables de lo poco que los había usado porque en el campo se me estropeaban, resulta que ahora me encuentro calzada con unas zapatillas blancas para caminar más de lo que suelo hacerlo y con ellas he decidido atravesar esta mañana el parque, al que, la verdad, he encontrado muy gris, sin una sola flor. Triste, como una fuente sin agua. Lo único que me ha parecido digno de fotografiar, ha sido el tronco de los plátanos de sombra, con esa corteza como de camuflaje, en gris, verde y ocre. Ni hojas, había por el suelo. Y aunque es verdad que también en el campo este mes es muy gris, al haber cumplido su única vuelta al sol las hierbas anuales, allí al menos tienen que estar ya florecidos los sauces blancos y, saliendo de la tierra, amarillos como el sol, los narcisos. Quizás ya me hayan podado mis vecinos la parra, amarrando los sarmientos con esos mimbios que son las varas de la mimbrera y que no pierden el dorado ni en los días más oscuros, como si hubiera conseguido esa humilde vara guardar el sol que se marcha irremediablemente cada día.

Es escribir del campo y ya lo echo en falta. Qué poco me van a durar allí mis zapatillas blancas.

En cuanto pise la hierba, se me pondrán verdes. Del color de la tierra, cuando llueva.