Escamondar

Que yo recuerde, jamás había escuchado esta palabra hasta hace unos días.

Bueno, más bien la leí, porque me la enviaron por Twitter, ese pájaro que es ya otra especie azul que, más que cantos, me trae palabras nuevas, de personas que no conozco. Son términos de la Naturaleza que ando buscando, casi mendigando, como quien busca setas por el monte, y así es como hace unos días, con un tuit, me mandaron la palabra escamondar para definirla. No fue difícil. Escamondar: limpiar, podar con ligereza un árbol para despojarlo de ramas inútiles o secas.

Después llegó el fin de semana y quedamos con unos amigos a cenar y antes a tomar una copa en su casa de Madrid, no muy lejos de la nuestra. Nunca antes había ido, pero hubiera reconocido sin ellos que esa casa era la suya por la cantidad de cuadros de buen y extraño gusto que tiene; extraño en cuanto que no hay una línea que una esas obras más que la de la belleza aunque los estilos sean absolutamente distintos y que, sin embargo, armonizan en un mismo espacio donde se diría que, aún no siendo la casa grande (a pesar de que cualquier casa me parece ahora grande al lado de la mía en la ciudad), sí tenía techos muy altos, por donde se encaramaban los cuadros como una caracola de colores a los troncos de los chopos en los días de invierno.

Sobre el fondo gris de la pared, empecé a admirar pintores para mí desconocidos mientras Gonzalo me decía, “¿sabes qué?, esa palabra, escamondar, que has descrito hace poco la usaba una señora en mi casa de la infancia en Andalucía, pero no para la poda de los olivos ni de ningún otro árbol, sino para nosotros, para decir que estábamos escamondados, o que nos iba a dejar escamondados, es decir: muy limpios.”

No me extrañó nada porque ya había leído por alguna parte, que la escamonda no era solo una poda, sino una limpieza que también se podía aplicar a una casa, pero no para una limpieza cualquiera, sino a una general, pues es al quedar la casa como los chorros del oro cuando se dice que ha quedado escamondada, y que imagino que en Andalucía, dirán que ha quedado “escamondá”.

Es entonces cuando empecé a preguntarme qué sería primero, si la limpieza de las cosas y de las personas, o de los árboles, creyendo que el origen de la palabra era andaluz, pero como el agua del mar une mucho más que la tierra, resulta que también aparece esta palabra, como me hizo notar un amable tuitero, en un libro del periodista y novelista siciliano Leonardo Sciascia en “Una historia sencilla”, maravillosamente traducido por Carlos Manzano, cuando dice:

“El sargento Antonio Lagandara había nacido en un pueblo tan cercano a la ciudad, que ya se podía considerar parte de ella. Su padre, jornalero que había sabido elevarse al rango de podador- experto, solicitado-, había muerto al desplomarse de un cerezo alto que estaba escamondando, cuando él estaba en el último año de un curso de economía y comercio.”

Le quitaba el padre del sargento al cerezo las ramas secas e inútiles, lo limpiaba, imagino que en invierno. Murió el podador haciendo lo que mejor sabía hacer, que era escamondar los árboles.

Y así es como queremos morir, escamondando términos de la Naturaleza como un jornalero, quitando lo innecesario para dejar las palabras en su pura definición, sin olvidarnos nada.