La vecería

A eso que consiste en que, haciendo exactamente lo mismo, una vez salgan las cosas y otras no, se le llama vecería.

Se aplica el adjetivo vecero a algunos árboles como los del género Quercus, entre los que hay robles en las zonas frías que pueden pasar diez años sin dar bellotas.

La vecería también se da en los olivos y en los frutales, pero el caso más llamativo es para mí el del bambú, esa hierba de acero llena de misterio que es una gramínea como la avena pero que puede llegar a crecer más de veinte metros en un mes y medio. Hay bosques de bambúes por el que pasan los años sin que nada suceda, hasta que treinta años después florecen al unísono para dar unos frutos que tienen forma de frambuesa, color de madera, y tamaño y sonido de sonajero. Una vez que los dan, que llegó al fin su turno, todos los bambúes mueren.

En los flamencos, también se da la vecería, ya que está demostrado que cuando no hay agua suficiente en las lagunas, no construyen esos nidos de barro que parecen cráteres, y de los que salen unos pollos que puede que sean de los más feos de nuestra avifauna, para luego convertirse en hermosísimas aves que tienen en las plumas el flamear de los rosados atardeceres sobre las lagunas.

Se puede considerar, pues, que la vecería es una estrategia que, en el caso de los árboles, se ve como una manera de combatir las plagas, de tal forma que ya que el árbol no puede darse baños de tierra como una cogujada, ni quitarse de encima las orugas porque en vez de manos tiene hojas, utiliza la ausencia voluntaria de recursos, para que no le colonicen los parásitos más de la cuenta. Algo que me recuerda, aunque tenga poco que ver, al proceso de autotomía por el que la lagartija pierde a voluntad la cola para distraer a sus enemigos, al igual que hace el calamar, que también se autotomiza, o las estrellas de mar cuando las pescas y ya sobre la cubierta empiezan a subir y a bajar los brazos como el pulpo de una feria, hasta que se rompen por una suerte de bisagras, como para reproducirse por partición. Es como si la vecería hiciera virtud de la pérdida o de la ausencia.

Quizás en la vecería está la explicación por la que hay días en los que afrontaríamos cualquier cosa, y otros en los que no se está para nada. Lo cual quiere decir que aunque siempre imaginemos nuestra trayectoria en línea recta, a lo mejor tiene las ondas de los surcos de un campo recién arado, o de las olas que van una y otra vez a la orilla, subiendo y bajando, que es también una vecería.

Yo cada vez que en estos días de febrero veo florecer los narcisos, me quedo asombrada con la fuerza del amarillo, como de sol, con el que salen sin cansarse todos los años, justo cuando estamos en mitad del frío, entre el solsticio de invierno y el equinoccio de primavera; cuando la marmota, que también es vecera, dice que sale al sol, o se vuelve a su madriguera; y cuando en la Candelaria, se ponen en las iglesias velas y ramas encendidas de flores de mimosas mientras se empiezan a arar los campos para que las cosechas, que también son veceras, este año sean buenas.