M.C.

Aunque aún no sepamos si los restos de Miguel de Cervantes están tras esas iniciales, M.C., no deja de ser emocionante verlas en foto escritas con tachuelas, sobre un féretro quizás de roble, con una madera menos carcomida que los huesos que albergan.

Me da pena que nuestra falta de curiosidad por los árboles la llevemos hasta la muerte, que no sólo estando vivos no sepamos cómo se llaman, sino que también ahora no se precise, como si no tuviera importancia, de qué madera está hecho el féretro, ¿de roble o de cerezo?, si está carcomido por culpa de esas termitas que hacen en la oscuridad de una casa el ruido de ratones que van y que vienen, o por el tic-tac de la carcoma obstinada, o del escarabajo “reloj de la muerte”. En fin, qué vida tiene esa madera, qué nombre, y ¡qué menos!, habiendo podido acompañar durante siglos los restos de un genio como Cervantes.

Se me van los ojos a los árboles cuando paseo por la ciudad, habiendo tanta gente para mirar. O no habiendo nadie, como el pasado domingo por la mañana cuando decidí ir caminando hasta el convento de las Trinitarias Descalzas, en la calle Lope de Vega 18. Yo no sé cuántas personas conocen esta sensación única, de pasear por Madrid temprano en un día feriado; desde luego muy pocas, porque las calles están vacías cuando el sol empieza a clarearlo todo, bajo un cielo de un azul tan intenso que las ramas deshojadas de los plátanos de sombra parecen más blancas, igual que el blanco que tiene a esas horas el aire, ese blanco del silencio que no habíamos escuchado en toda la semana, y por el que madrugo y espero cada día como la monja de un convento.

El sol entraba por las hermosísimas galerías de hierro que hay en Madrid, de madera he visto menos, algunas pintadas con el azul plateado de los olivares jiennenses. Se acentúa su belleza en lo alto porque le da el sol a su fecha de construcción, 1912, y a un olivo que hay en la azotea. Incluso la calle del convento, estaba vacía, y se oía el ruido que hacían los mirlos cuando chocaban sus alas con las hojas de los aligustres mientras forrajeaban sus frutos oscuros, dejando lo que fuera la inflorescencia como un alambre retorcido por un artista.

Sigo subiendo y al fin estoy delante de la cruz de la Orden Trinitaria. ¡Qué sencilla puede ser la belleza! Como la de esta cruz que consiste en dos barras, una roja en vertical, y la otra azul como el horizonte. He leído que el fondo tiene que ser blanco, igual que luego en la bandera francesa, pero aquí da contra la piedra del marco de una puerta verde claro, y al lado la iglesia con su cruz y un gran adorno de frutas de piedra en el tejado. En la fachada, sobre la inocente sencillez del ladrillo, las letras de una placa conmemorativa esculpidas en mármol:

A

MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
QUE POR SU ÚLTIMA VOLUTAD YACE
EN ESTE CONVENTO DE LA ORDEN TRINITARIA
A LA CUAL DEBIO PRINCIPALMENTE SU RESCATE

LA ACADEMIA ESPAÑOLA.
CERVANTES NACIO EN 1547 Y FALLECIO EN 1616.

No muy lejos está la casa de quien llamara Cervantes “Monstruo de la Naturaleza” , la casa de Lope de Vega, adonde, he leído, fueron a parar algunos muebles de este convento, aunque es en el patio que fuera jardín y huerto, donde entiendes la felicidad de un poeta que iba escribiendo según vivía, porque escribir es un respirar del pensamiento.

No me cabe ninguna duda de que tarde o temprano darán con los restos de Miguel de Cervantes Saavedra.

Aunque su espíritu, como el de Lope en su poesía y en su güertecillo y en su rosal mosqueta, hace siglos que están en sus letras.