El miedo tranquilo

El ruido de la nieve que no caía no me dejó dormir.

Lo de los coches al pasar, es ya como un arrullar de tren que no para en las estaciones, pero eso de estar esperando un sonido que no hace ruido, como el caer de la nieve, me quitó el sueño. A las cinco de la mañana ya estaba tomando el primer café, cuando me asomé a mirar el parque del que no me había dado cuenta hasta ahora, las luces aún encendidas, entre el ramaje, tenían un no se qué de bola de cristal marinera entre las redes.

Circulaban pocos coches, casi todos taxis, era domingo, y enfrente había un piso encendido. Siempre hay alguien que no duerme. Esperaba, ¡qué tonta!, como la sal arenosa por las aceras, la nieve sobre la ciudad, cuando empecé a pensar que podría ser la gota que colmara el vaso, este copo no caído, esta falta de la nieve anunciada a bombo y platillo, para convertirse en un elemento más a sumar en ese discurso emocional, tan alejado de los números, que parece querer dominar el porvenir de nuestros días. Como emocional nos pareció unas horas después a mi hijo y a mí la película “La teoría del todo”, en la que al final descubrimos lo que se sospecha ya en la butaca: que la cinta está basada en la novela escrita por la mujer de Stephen Hawking, que era de letras, y no de ciencias; y que, a “La teoría del todo”, le falta una parte (la de Hawking) de una misma historia. ¡Qué elocuente es el silencio! Volvimos del cine dando un paseo por unas calles oscuras que estaban desiertas como si el frío y la lluvia, muy fina, helada, hubieran barrido a las personas igual que el viento a las hojas. De lejos, vimos que aparcados en la plaza, frente a nuestro portal, había dos coches de policía, porque la alarma de la cafetería de abajo se había activado, nos dijeron.

Ya en casa, mientras observábamos desde la terraza cómo los policías se iban – demasiados para un posible hurto- se puso a nevar, menos de lo que hubiéramos querido. Nevaba mientras regresaba ese miedo tranquilo con el que convivo desde la infancia, al ser hija de militar, cuando las patrullas pasaban por delante de nuestra casa, o llamábamos a los artificieros porque alguien había olvidado en el portal una maleta, u oíamos unos disparos y los gritos de una mujer mientras hacíamos los deberes y mi lápiz se paraba, como a escuchar conmigo.

Desarrollamos en esas circunstancias una suerte de instinto que nos hace percibir las situaciones excepcionales en la más absoluta normalidad, un instinto parecido al que me imagino, tienen todas las especies en el medio salvaje, y que consiste en un vivir alerta a lo que te rodea, sabiendo que en cualquier momento podría cambiar todo. Un miedo tranquilo, como el caer de los copos de la nieve, una plena conciencia de la inocencia con la que vivimos cada día.

Por fin nevaba, ligeramente, en el centro de Madrid.