La contaminación

Hoy hace uno de esos días azules que son pardos en el horizonte, según bajas la vista hacia los edificios.

Casi ya no quedan hojas en los plátanos de sombra, que suelen ser los últimos en deshojarse totalmente, y es justo allí, sobre la copa de los árboles, donde el aire adquiere un tono pardo, de hoja seca, por las partículas en suspensión del aire contaminado.

Dicen que mañana empezará a mejorar la situación un poco y que con las lluvias que caigan esta semana, habrá menos contaminación en el aire aunque se siga emitiendo con la misma insistencia sin que nadie parezca estar dispuesto a hacer algo relevante.

Este es un asunto, el de la calidad del aire, que no deja de asombrarme. No acabo de explicarme cómo es posible que se organicen tantas cumbres y se otorguen tantos recursos para situaciones futuras y que el presente nos importe tan poco. Es como si la ciudad, y no digo solo en España, sino en cualquier lugar del mundo, se considerara un lugar a salvo del tiempo, donde no viviera nadie, ni siquiera los niños, algunos recién nacidos, a los que se les obliga, desde el primer llanto, a respirar aire contaminado sin que nadie se tome verdaderamente en serio este asunto.

La ciudad, queda claro, se ha entregado al coche. Ignoro la razón, pero es una verdad constatable que hay muchas calles, algunas incluso muy importantes, donde observo a la gente caminar con dificultad por unas aceras de una estrechez que da vergüenza, mientras la calzada dispone de cinco, cuatro, seis, no se cuántos carriles.

Desde mi terraza, me detengo a veces a mirar cuántas personas van en cada coche, y resulta que va sólo el conductor. Una sola persona que, seguramente, ni siquiera paga impuestos en la ciudad que ensucia, ocupa y contamina.

Las soluciones drásticas no suelen ser buenas, pero ¡cuánto se ha conseguido con la prohibición de fumar en los lugares públicos!, hay quien incluso ha dejado ese hábito, y lejos de cerrar los bares y restaurantes, como llegó a augurarse, han florecido las terrazas.

¿Cabría hacer algo parecido en el centro de las ciudades? ¿Por qué no?, habiendo una buena red de transporte público. ¿No es un poco absurdo que se le prohíba a alguien fumar en un bar y se le permita, sin embargo, circular en su coche por la ciudad ensuciando el aire a su paso, para luego marcharse a su casa situada a veinte kilómetros de distancia? ¿Es que el peatón no tiene derecho, como el trabajador de una oficina, a respirar aire puro?

¿Por qué no se libera a las ciudades de los vehículos que contaminan? ¿Es una cuestión económica? Habría antes que echar la cuenta de lo que cuesta en la salud de los ciudadanos. No es la primera vez que cambian las cosas. Todavía me acuerdo de esos camiones que entraban llenos de carbón y de cómo los descargaban sobre las aceras para guardar el carbón en las carboneras, esas trampillas, en ocasiones ventanas enrejadas, que había junto a los portales. Una escena hoy impensable.

Por lo que yo vengo observando en Madrid, el centro de la ciudad ha empezado a considerarse recientemente como un buen lugar para vivir, curiosamente por la población más joven, que es la primera que creció en la periferia de la ciudad y que, como contrapunto a la generación anterior, valora hoy más el centro que el extrarradio por liberarles de la esclavitud del coche.

De esa generación es de donde, quizás, salga alguien verdaderamente decidido a solucionar las cosas para que en el futuro los días despejados de invierno dejen de ser pardos en el horizonte.

No habrá entonces que esperar la lluvia para respirar tranquilos.