Naranjas y aceite

Todavía no ha amanecido cuando abro la puerta de la cocina y aparece Merille, con la constelación de su alumbrado.

Anoche salió una luna llena (la primera del año) con una luz que se quedaba flotando por el valle, haciendo que se vieran todos esos montes que se van superponiendo uno tras otro como las olas de una tempestad por el horizonte.

Me parece un milagro que en tantos años no se haya estropeado este paisaje, incluso la fábrica que se veía a lo lejos ha quedado sepultada por los eucaliptos de los que, por una vez, me alegro que existan. Ayer leí en la prensa que el sector maderero tiene mucho futuro. Quizás les faltó escribir que el de maderas nobles, porque por aquí no quieren ya ahora otra cosa que el roble para las calefacciones de leña, lo cual está dejando a los montes a una velocidad de vértigo sin sus árboles más valiosos.

Yo también ando de podas y de quemas aprovechando estos días fríos, soleados y sin viento. En cuanto amanezca vendrán a quemar el montón de silvas y de ramas que ahora conforman una efímera montaña donde vienen a posarse los pájaros como si fueran niños que hubieran descubierto en el parque columpios nuevos. Ha quedado la vista otra vez tan despejada que ahora les veo llegar de lejos en bandadas desde los maizales marchitos que hay junto a las primeras hileras de coles recién plantadas y que, con la helada, se han oscurecido; de ahí que a estas heladas, tan blancas, se les llame heladas negras, según me han dicho.

Cada poda ha dejado en el tronco un color diferente, al estar cada especie hecha de una madera distinta, y así el ombú es casi transparente como el ala de un charrán, y rojo el castaño cuando han pasado unas horas de la poda, dorado el roble y ¡qué blanca es la madera del naranjo! Casi como el albedo, el blanco de la naranja donde, me contaba mi abuela Paz, quién vivió 101 años, mientras se lo comía, que es donde estaban todas las vitaminas.

He plantado estos días más naranjos porque orientados al sur y al abrigo de la casa se dan de maravilla, y también dos mandarinos y un limonero de esos que pinchan como una zarza, o aún peor, con esas gruesas púas, largas como un alfiler, que tienen, lo cual no deja de extrañar teniendo en cuenta la acidez de los limones, por lo que cabe colegir que las púas son una defensa para evitar el ramoneo de las hojas que, además, también hay quien se las come fritas.

Al lado tengo dos olivos que me trajo mi amigo Joaquín y que sin embargo no acaban de arrancar, dando incluso azofairones, esos frutos estériles, como si a los olivos les gustara vivir en comunidad igual que en esos hermosísimos olivares que vimos por Canena, en Jaén, donde nos invitaron a comer y nos dieron de postre en el castillo, con un aceite riquísimo, naranjas cortadas con azúcar.

Francisco Vañó, y su familia, tuvo además la amabilidad de enseñarnos cómo cultivan sus olivares y cómo hacen abono del ramón de donde sale una suerte de humus que me recordó a la tierra gallega. Pero lo que me pareció más excepcional, y todo un ejemplo a seguir, es que en el mar de olivos se hubieran preocupado de preservar una parte del monte original, ese náufrago, para proteger la infinita variedad de las especies que es la trama que nos sostiene.

Pan tostado con aceite de oliva me he tomado con el café de esta mañana en ese silencio que tiene el día cuando aún no ha amanecido.

Me encanta salir a esa hora, a oscuras, a por naranjas, porque están frías, casi heladas, y al mirar hacia arriba te encuentras, como si las descubrieras por vez primera, esos frutos del cielo que son las estrellas, alimento para los ojos.