Máximo

Le recuerdo con una media sonrisa que era en su boca la línea del horizonte que tanto pintaba.

Sus dibujos tenían un vacío que nos llenaba la cabeza de pensamientos.

Era su obra como esta primera helada de este amanecer de invierno, que ha dejado blancas las aristas de los nervios de las hojas caídas del castaño, y que ha cortado la respiración a los pastos.

No estoy entre aquellos que conocieron de cerca a Máximo, pero cené con él una noche, en la misma mesa, aunque con dos personas de por medio, lo cual impedía que nos oyéramos y nos habláramos por entre los platos y las copas y la gente.

De vez en cuando, nos mirábamos, y entonces veía esa media sonrisa llena de gracia que a mí me hacía entender que estaba allí de vuelta de todo, sin quererlo ni pretenderlo, pero verdadera y sencillamente por encima de todo aquel jaleo que se diría que él observaba ya un poco desde arriba, como escuché una vez que dicen de los poetas, que viven a un metro de altura del suelo, así me pareció que Máximo, aún estando allí sentado, cenando lo mismo que yo, en la misma mesa, a tan sólo dos personas más allá, estaba en realidad en la estratosfera.

¡Qué ocasión de buena conversación para siempre perdida!

Las personas más graves que he conocido eran humoristas, más graves en el sentido de vivir pegados al verdadero sentido de la vida, a ese birlibirloque de nacer para morir que es estar temporal e inexplicablemente en la Tierra, como si sólo ellos, los humoristas, fueran los que vivieran su existencia más seriamente, los únicos que no jugaran al despiste con lo que inevitablemente, tarde o temprano, se nos vendrá encima.

“La actitud más cierta ante la efimeridad de la vida es el humor”, escribió Ramón Gómez de la Serna.

Pertenece esta frase al libro titulado “Ismos” que, aunque ahora no encuentro, contiene la mejor definición de humorismo que he leído hasta ahora. Un capítulo entero de imprescindible lectura si se quiere entender en qué consiste el humor, eso que consiguió dominar Máximo con el más difícil todavía que es hacer humor con el vacío.

¡Qué blancas, qué limpias eran sus viñetas!

Tal vez por eso, lo que salía, lo ocupaba todo, aunque no fueran más que unas diminutas figuras humanas que a mí, no sé por qué, me remiten ahora a las esculturas de Juan Muñoz, como una suerte de ejército gris de personas; otras veces salía un edificio, cuadrado y anodino; a veces una mujer, hermosa, en el horizonte; a veces Dios.

Es infinito el espacio en blanco que le queda a un periódico cuando desaparece un humorista.

A punto de empezar a dar una vuelta más alrededor del Sol, la Tierra despide a Máximo con lágrimas transparentes.