Luz de diciembre

El sol de diciembre está hecho para disfrutarlo al final, cuando ya han pasado los años.

Cae la luz sobre el agua del puerto como si patinara sobre el azul, deslizándose entre los cormoranes, que toman el sol con las alas y los ojos verdes abiertos.

Hay poco ruido. Poco movimiento. Parecen flotar los botes sobre una estampa, hasta que entra un barquito rojo y blanco, con su marinero con peto y gorro de lana negro (hace sol pero hace frío) y con la bañera llena de nasas. No se le ve la cara pero se le nota ese contento del regreso y del traer quizás más centollas para vender de lo que pensaba.

Se oye el sonido de la ría contra la rampa, ese ruido que hace el agua al chocar levemente con la piedra, que recuerda al de la playa pero más suave, más limpio, sin arena. Se diría que este sol tiene eco. Unos hombres desenredan aparejos y se preparan, quizás, para salir de nuevo. A sus espaldas, más nasas apiladas. No se les oye por el sobrevolar de las vocingleras gaviotas por el cielo. Se diría que saben estas aves desde arriba quién pesca y quién no, aunque estemos todos en el muelle; de quién pueden esperar algo porque a ellos les sobrevuelan y les llaman; y a mí me ignoran.

Hace poco que acabó la lotería y por los bares del puerto se respira una quietud que indica que no ha tocado por aquí nada. Te sirven al sol los mejillones humeando al vapor, a este sol que de pronto se te antoja el más valioso de todos, por ser el último del año. Miras al muelle y dan ganas de echarse al mar y al agua, pero es invierno. Las rocas no tienen siquiera las algas del verano y se ven como si se hubieran deshojado igual que los árboles, y aparecen oscuras, ocres, desnudas, con alguna semilla grisácea, quizás de balanos, pero muy pequeña todavía, esperando como la tierra la primavera del agua.

Una gaviota se posa sobre una boya mirando al poco viento que sopla, por si hubiera que despegar hacia barlovento. La boya, aunque en su día debió ser roja, ahora está rosada, descolorida por la luz, lo cual crea un hermoso contraste de color entre el azul claro del mar, el rosa y la gaviota con el sol del invierno al fondo. No muy lejos, hay un bote hundido donde lo único que se ve a flote es el bidón de combustible, y otro bote verde con otra gaviota, quizás más pequeña, con un borde oscuro alrededor del ojo como el que tienen las gaviotas chicas. Me cuesta distinguirlas, ponerles el nombre a la primera sin consultar los libros.

El espigón también está vacío y los peces se ven más por fuera que por dentro del muelle, buscando el abrigo de las rocas como si solo allí encontraran los mújoles algo con que alimentarse en la frialdad marina. Diviso a dos pescadores aficionados dirigiéndose a su barco. Se oye lo que dicen como si me lo estuvieran contando al oído. Llegan volando sus voces entre los mástiles de los veleros, que parecen otro bosque deshojado. “Hay pocas lubinas”, escucho. Sin embargo me contaron que, angulas, hubo hace unas noches muchísimas, como hacía años que no se veía, entrando por nuestros ríos, tras recorrer miles de kilómetros, desde el mar de los Sargazos.

Tuvo esta mañana una claridad que me recordó a la que trae la edad.

A veces pienso que la luz es lo mejor que tenemos.

Feliz Navidad.