El oyente

Tenía la radio puesta. Escuchaba el fútbol. Se había hecho una cama en un pequeño hueco que había bajo el edificio. Como una cortina, le caía casi la lluvia encima.

Madrid es una ciudad en la que, cuando llueve, te mojas muchísimo. Se diría que la lluvia pillara a la ciudad siempre de improviso. Todo el mundo sabe que va a llover y sin embargo las calles se colapsan, como si hubiera aparecido la lluvia igual que una visita inesperada. No aprende. No cambia. No se prepara la ciudad para la lluvia; es más: la niega, como para mantener la cantinela de que sólo llueve en el norte. Por eso en Madrid llueve una lluvia enfadada, con ganas y a desgana por esa falta de aceptación de lo que cae del cielo. Salpica sobre las aceras, por lo que te calas completamente los pies, y también te mojas la cabeza por más que te pegues para caminar a las fachadas, al no haber soportales ni aleros que hagan de paraguas. Madrid parece pensada más para la luz que para el agua.

Aún así, este hombre había conseguido hacerse una buena cama, a salvo de la lluvia. Si es verdad eso que dicen, que hay gente que prefiere no ir a un albergue, me pareció que este señor podría ser uno de ellos. No es que pareciera contento, pero tampoco me pareció que estuviera triste, más bien indiferente, incluso se le atisbaba un punto de ilusión por esas pequeñas cosas que nos dan la felicidad en la vida y que para este hombre podría ser, sencillamente, poner la cabeza sobre una suerte de almohada para escuchar en el transistor un partido.

La calle estaba vacía, cerradas ya todas las tiendas, con esa oscuridad que transita por las aceras cuando ha desaparecido la gente, aunque siguieran las luces plenamente encendidas con una iluminación consistente en lo que parecen una suerte de molinillos de dientes de león, de vilanos con su semilla volandera, o algo parecido, que es adonde hemos llegado, a la primavera y a los vilanos, en ese intentar evitar los elementos religiosos que tienen hoy los adornos navideños.

No había nadie por la calle. Nosotros veníamos del cine, a paso apresurado porque además de llover, hacía frío. Veníamos de ver una película que era casi una función de teatro, con París al fondo, y que transcurría en la habitación del hotel donde se decidió si la belleza de la ciudad tendría que desaparecer o quedarse, aunque yo creo que la belleza es, al final, lo único que sobrevive entre las ruinas, a veces por esas semillas que imita el alumbrado y que germinan entre los escombros.

Tirado como un escombro estaba aquel hombre pero, ya escribo, no parecía a disgusto. A veces pienso que en realidad no vivimos donde estamos sino en donde están nuestros pensamientos y quizás este hombre tenía el pensamiento muy lejos, mientras llovía; que de alguna manera se había acostumbrado como un artista a aislarse del entorno para concentrarse en sus pensamientos, esa cosa tan rara del pensar que nos acompaña hasta el final de los días.

Qué desapacibles se le harán las noches que no hay partido.