El zorro que parecía muerto

Lo más asombroso que he oído de un zorro me lo contó hace años un agente forestal.

Me parece que era del norte Burgos, del Valle de Mena, no estoy ahora segura de eso pero sí recuerdo que era de noche y que era invierno. El agente, cuyo nombre no doy para no confundirme por escrito, volvía a casa y en un segundo se le cruzó un zorro por la carretera, a la manera en la que te pasan por delante los animales en el monte, casi siempre de forma imprevista, repentina, apareciendo como fantasmas coloreados delante de los faros, ya sea un corzo que se ve más de noche que de día entre los abedules, al tener la luz como de flash dándole de lleno, despejado de pronto el corzo de bosques como si se hubiera abierto una cortina de ramas para ver cómo da un salto, o cómo una gineta se te queda mirando de frente desde la cuneta, o cómo un zorro escapa huyendo de tal manera que parece mucho más grande por la oscuridad que lo acompaña dejando al vuelo, como para que nuestra mirada se despiste del cuerpo, la cola, el jopo, que también, visualmente, lo agranda.

Al bajarse el agente para ver al zorro que creyó haber atropellado sin haberlo siquiera rozado, me contó Juan, creo que se llamaba Juan, que el animal estaba paralizado, petrificado, muerto. Los ojos abiertos, el corazón detenido. Así que, creyéndolo sin vida, decidió subir el zorro al maletero del coche.

Anduvo así varios kilómetros, sin percibir atrás ningún ruido, ningún movimiento, hasta que llegó a su casa y al abrir de nuevo el maletero, el zorro dio un salto y se perdió en la oscuridad como si nada. Se había hecho el muerto. Creo que se trata, tengo que enterarme mejor, de un mecanismo de defensa por el cual se detuviera su metabolismo, como si se hubiera quedado congelado para el zorro el tiempo.

Ya en 1330 se cuenta en “El conde Lucanor” del infante Don Juan Manuel el caso de un raposo que se hizo el muerto cuando, estando en un gallinero de noche tan entretenido que se le hizo de día, quedó tendido en la calle, porque vio que no había escapatoria entre la gente, por lo que el zorro decidió hacerse el muerto. Se cuenta con mucha gracia cómo los que por allí pasaban le cortaron a la vulpeja los pelos de la frente porque decían que eran buenos para ponérselos a los niños en la frente, incluso le arrancaron las uñas, y los colmillos para el dolor de muelas, mientras el zorro ni se inmutaba, hasta que alguien quiso quitarle el corazón, y entonces se incorporó y salió huyendo.

La conclusión del conde Lucanor a Patronio de este sucedido es la siguiente:

“Sufre las cosas en cuanto divieres,

estraña las otras en cuanto pudieres.”

(“Sufre las cosas en cuanto debieres,

aleja las otras en cuanto pudieres”)

Después he ido observando este comportamiento en otros animales mucho más pequeños. Insectos como los escarabajos a los que, en cuanto descubres, se dan la vuelta y recogen las patas como si se hubieran muerto, incluso mariposas que cierran las alas y se dejan caer con la gracia de una hoja.

Todo para parecer sin vida que es, para el depredador, lo más atractivo que existe.