Europa

Puede que yo no haya comprendido lo que es Europa hasta que fuera la semana pasada a Bruselas.

Mi hermana Mari Paz, que no puede ser más buena, me estaba esperando en el aeropuerto con una sonrisa, un gorrito de lana en la cabeza, y toda su generosidad para pasearme por donde le había pedido: Brujas, Brugge en flamenco, que quiere decir puentes.

Tenía verdadera obsesión por conocer esta ciudad desde hace siglos porque en mis primeros libros de francés, ilustrados en blanco y negro, había un personaje llamado Jacques que iba a Brujas, lo cual me dejó flotando en la imaginación, hasta hace cuatro días, este lugar desconocido.

Mi hermana se quejaba por el camino del tiempo, ya que había hecho un sol espléndido, pero a mí aquella bruma flotando entre las granjas que se veían desde la ventanilla del coche me parecía maravillosa porque me recordaba a Galicia, donde la mitad del océano, está en otoño en el aire. Los bosques por aquí eran, sin embargo, muy distintos, hayedos ocres que separaban los campos, tal y como observé también en Francia con los álamos, lo cual denotaba esa sabiduría que va un paso por delante de la nuestra, al dejar una arboleda para que aniden los pájaros insectívoros que controlan las plagas, en vez de extender los campos hasta el infinito como alfombras.

Se observaba en casi todo una suerte de empeño por conjurar la horizontalidad de esta tierra que perteneciera a los Países Bajos, ya en la altura, absolutamente desproporcionada, de las torres de las iglesias en Brujas, ya en la pendiente de los tejados de sus pequeñas y estrechas casas de ladrillo a dos aguas, con una suerte de frontispicios en el alero que consistían en escalones para, según me explicó mi hermana, subir el grano por fuera al último piso de la casa por una puerta hoy reconvertida en ventana.

La verdad es que, paseando por Brujas, me sentí como en Betanzos, aunque no se pareciera en nada: tenía la misma niebla marina, y ese mismo halo del tiempo que parece unir las cosas a distancia. Porque yo iba por Brugge con la suerte de que ese día las calles estaban excepcionalmente vacías, y no me costaba en absoluto imaginar a los niños medievales jugando alrededor de todo ese esplendor del comercio porque un día una tormenta abriera en Brujas un canal al mar, para luego cerrarlo la tierra, dejando a la ciudad acantonada en el tiempo, como el insecto fosilizado en un maravilloso ámbar.

Al no haber casi turistas, se diría que ese día hubieran salido a pasear sus verdaderos habitantes, algunos con rasgos que parecían muy antiguos, matrimonios con gabardina y bufanda, no muy altos, de pelo blanco y ojos de un azul celta, con esa mirada de seriedad y sabiduría que se le pone al que ha leído mucho al calor de una chimenea, en esos inviernos interminables que son una primavera para la reflexión, la poesía, la música y el pensamiento, bajo un tejado que hace escaleras que suben y bajan al juntarse las casas, a la manera que luego pintara el prodigioso M.C. Escher, y de cuyos singulares dibujos me acuerdo cada vez que pienso en estos tejados.

Así son también los tejados de las casas por la zona más antigua de Bruselas, o por el barrio de los pescadores, donde tomas una sopa humeante en la calle, bajo un toldo azul al que le cae la lluvia encima, antes de entrar a tomar un café y un pastel tras los cristales para ver pasar la gente y el tiempo y el agua por la calle.

Luego me enseñó Mari Paz los grandes edificios de la Comunidad Económica Europea con todas sus banderas, y entonces me di cuenta de que no era ahí, sino en esas pequeñas casas medievales, de cuento dicen, de donde salieron, quizás, esos pensamientos que nos hicieron ver que los siglos nos tienen unidos a los que somos de lugares muy distintos, por un sentimiento indefinido que aún hoy flota, como el humo de una chimenea, por estas tierras tan horizontales y también a cientos de kilómetros, más de mil quinientos, en Betanzos.

Ese vaho de la historia en el que sigue sumergido Flandes.

Por el agua oscura de sus canales flotan cisnes muy blancos.