El pelo blanco

Con la fuerza de un manantial he tomado la decisión de dejarme el pelo blanco.

Bueno, ojalá fuera blanco como el pelo que tenía mi abuela Mary, que era como una cascada cuando bajaba la cabeza para peinarse y pasaba el cepillo una vez y otra, antes de hacerse un recogido muy artístico que remataba con unas peinetas de carey, de tal manera que llevaba casi siempre mi abuela, como el mar, una gran ola blanca sobre la frente.

En mi caso, todavía lo tengo entreverado de una juventud en la que mi pelo fuera tan negro que la luz, al dar sobre él, jamás era blanca, sino azul o verde, como la luz sobre el ala de un avefría, o de un estornino, de lo negro que lo tenía.

Durante mucho tiempo creí que los armiños encanecían de la misma manera, que era un proceso asociado al paso del tiempo por el que el pelo se volvía blanco, excepto el pincel final de la cola, siempre negro, que era el que se veía como si fuera una mota negra, y otra, y otra, sobre la blanquísima piel del armiño que orlaba las capas de los reyes, y en la que se podía contar de cuántos armiños estaba hecha. Luego supe que el armiño adquiere esa librea por el frío del invierno y que es tal la influencia del tiempo meteorológico que puede pasar del ocre al blanco en sólo setenta horas; o por el contrario, retrasarse veinte días más si el tiempo, como ahora, es benigno y no hace demasiado frío. Es más bien, pues, la temperatura, y el fotoperiodo, las horas de luz, mucho más que la nieve lo que influye en esta suerte de encanecimiento repentino que es en realidad una muda, un cambio de color que durará sólo unos meses y que no siempre está coordinado con la caída de la nieve, de manera que podemos encontrarnos con armiños blancos cuando todavía no ha caído ni un sólo copo, y al revés. Valverde decía que sólo en los inviernos muy rigurosos tenía el pelo blanco el armiño.

Ya fuera por los cuentos, ya porque lo viera por vez primera hace muchos años disecado tras el cristal de una vitrina, siempre me ha llamado la atención la blancura invernal del armiño, y más ahora que empiezo a tener yo también el pelo blanco.

Durante años, intenté ocultar esta realidad de mil maneras, pero ha llegado el día en el que la madurez me ha llevado a concluir que es una lucha no sólo inútil sino un poco absurda, al menos a mi modo de ver.

He ido a tomar mi decisión en unos días en los que todo parece tener tal pátina de falsedad que ha terminado tal vez por provocar en mí esta suerte de hartazgo de que nada, ni siquiera mi pelo, sea de verdad.

Suele decir un tío mío que no hay nada peor que una mujer poco presumida. No es ése mi caso. Ya de pequeña me subía a una silla para verme en el espejo y peinarme. Recuerdo como una de las sensaciones más agradables, que mi madre me secara el pelo en invierno en la cocina. Sentada en mi banqueta, con la piel muy blanca, el pelo muy oscuro, y toda la vida para observar por delante. Ese gesto de niña, de cuando echas la cabeza un poco atrás y mandas el pelo a la espalda. De cuando todo era de verdad.

Al contrario de lo que sucede con el armiño, creo que ya no habrá para mí vuelta atrás.

Me encuentro en fotos de hace tan sólo unos meses, con el pelo artificialmente rejuvenecido, y me parece que soy otra, al ser ahora yo misma.