La casa de los Chesterton

Lo único que precisa la escritura, además de una hoja, es el pensamiento en blanco.

También un lugar. Y una constancia. Esto para mí sólo resulta posible en los paisajes muy abiertos, o muy cerrados, casi a oscuras, con las persianas bajadas, como si la mente escribiera, igual que sobre una pizarra, con letras blancas.

Y así, en blanco, me gustaría tener a mí ahora el pensamiento para escribir como de verdad merece la casa de Sam y Jeannie Chesterton en la Finca Buen Vino, o Buenvino, que aún no sé muy bien cómo se escribe, en Los Marines de la sierra onubense de Aracena.

A la casa subes como si fueras a un castillo, serpenteando por un bosque de castaños donde las primeras hojas han caído para hacer de cuenco, como manos que se juntan, para el agua que brilla sobre el suelo con la luz del día, incluso estando nublado. No podía imaginar que hubiera en Andalucía castaños como estos, algunos ejemplares más grandes que los que he visto por Extremadura y Galicia, pero en este caso, entreverados con madroños y con alcornoques de troncos vermiculados como el plumaje de un cárabo, y también algunos alcornoques sin el bornizo, enseñando la parte de óxido que tiene, rojo como un corazón, el árbol que parecía tan fuerte, cuando se ha pelado.

A sus pies, como en una corredoira gallega, helechos que empiezan a notar el frío del invierno, enseñando, antes de desaparecer, sus pigmentos más hermosos, esos que tienen tonos ocres, amarillos y rojizos con los que se despide, hasta la primavera que viene, el helecho cuando emerge de la tierra verde y pletórico de clorofila, enmascarando la melancolía que volverá irremediablemente en otoño.

La casa de los Chesterton, es rosa como la de Monet en Giverny, de un rosa pálido e inocente, con las ventanas pintadas de blanco, sobre el verdor de una sierra que parece una selva, por donde corren unos arroyos de los que ya creías que no existían, tal es la claridad de su agua, con nombres alegres como su sonido, como el arroyo Buenvino que da nombre a la finca donde todo lo bueno parece haber venido aquí a juntarse.

¿Qué podría decir yo de esta casa? Me ha gustado tanto que no me veo capaz de describirla. Casi lo primero a lo que se nos fueron los ojos, fue a una caja de tomates verdes que había bajo una pérgola, luego a la lámpara de techo de la entrada, con los sombreros colgando de sus brazos de araña, la chimenea, grande y rodeada de recuerdos, cosas y libros, la luz de las ventanas, la galería blanca, dando al verdor de Aracena. Los sofás junto al fuego donde quisieras quedarte toda la tarde y otra tarde y otra tarde, mientras Sam te lee alguno de sus cuentos, o cocinando mientras bebes un oloroso con Jeannie en esa cocina que es otra patria, con su suelo de damero, libros también por todas partes, frascos, cacerolas, hierbas silvestres, verduras, panes, bajo una suerte de tendal para que se sequen los espaguetis. Toda la casa es como el abrazo, entrañable, de despedida de Jeannie, que sonríe con los ojos y con el corazón que lleva casi por fuera de lo grande que lo tiene.

Nada más irte ya quieres volver a Buenvino.

Como ahora que acabo este artículo queriendo volver a escribirlo, por si me saliera mejor, sabiendo que no lo conseguiría.

Es imposible escribir con acierto de algo que es mucho mejor que tu escritura.