De regreso

Traigo el pensamiento lleno de imágenes.

He visto tantas cosas estos días, y he conocido tantas personas que merecían la pena que no creo que hoy pueda hablar de nada ni de nadie, mezclado como llevo todo en el pensamiento como si de una solución se tratara que necesitara del tiempo para que esas imágenes y esos pensamientos se fueran precipitando.

No estoy acostumbrada a tantas cosas nuevas, siendo mi vida algo de discurrir muy lento, por eso quizás empiece hoy por el final, cuando ayer por la tarde volvía bajo la lluvia tras haber estado varios minutos en un refugio más sola que la una, que es como me gusta observar la Naturaleza, pasear sin saber qué voy a ver, asombrarme y que me asombre la belleza del día frío y lluvioso con el reflejo de las nubes sumergido en el agua.

Al fondo de una pasarela sobre las tablas, encontré un observatorio de madera que estaba cerrado pidiendo al cielo que no tuviera candado porque llovía y hacía frío pero, menos mal, pude abrirlo, aunque he de reconocer que por el camino venía lamentando que aquel Parque Nacional de las Tablas de Daimiel pareciera tanto un parque y no un lugar silvestre, al estar casi tan señalizado como una calle, aunque luego, de regreso, agradecí esos letreros de madera para no perderme bajo el chaparrón.

Reconozco que es difícil conjugar la espontaneidad de la Naturaleza con el orden sin que se note, ya que la mejor forma de conservarla es dejándola en paz, como quería estar yo, en la gloria y en paz, en ese refugio hasta que una chica y dos chicos vinieron a sentarse en el mismo lugar, sin parar de hablar, sin mirar nada, sin dejar escuchar. Me dio pena que no vieran pasar las avefrías, ruidosas también, casi maullando, hacia el campo de atrás, como siluetas negras al contraluz, siendo pías y verdes, sobre una nube amarilla.

Porque todo tenía los colores del otoño, el carrizo, la masiega, las eneas, sobre el agua. Hasta la bruma de las nubes adquiría tonos dorados en la tarde y luego la dehesa de encinas al fondo, convirtiéndose en uno de los paisajes más hermosos que he contemplado y que, quizás por parecerse algo estos carrizales a la hierba del techo, me recordó a África.

Un zampullín despegó como en una carrerilla en la que el cielo fuera la meta. Nunca había observado cómo va dejando la huella efímera de sus pasos en el agua justo antes de volar. Luego, una garceta grande, blanca como un fantasma entre la bruma, pasó lentamente por delante, sobre el fondo ocre del agua.

Llovía y nada se detenía por ello, era la luz de la tarde la que iba ordenando de un lado a otro las aves.

Pasaron por delante las grullas y en los postes de teléfono, ya por la carretera de vuelta, los estorninos pintos descasaban posados como notas en los cables sobre unas vides de otoño, rojas y ocres, mirando pasar a los que también, esclavos de la luz, íbamos de regreso.