El sombrero

Por las calles de Quito nadie va sin sombrero.

Tampoco suele faltarles algo en la espalda, ya sea un niño las mujeres, ya una torre de cajas de madera los hombres; a veces también las mujeres bajo un cielo muy azul y unas nubes muy blancas y unas montañas muy verdes, llevan cajas de madera a la espalda amarradas con una cuerda, o arrastran por la calle, adoquinada y gris, un cajón de toronjas que son naranjas un poco amarillas, llenas de heridas, como eran las frutas antes.

Casi todo en Quito es como era todo antes. Hay un algo que se ha quedado encerrado entre los volcanes, con sus murallas de fuego y de nieve, para que no salga de aquí la verdad de la gente, para que siga siendo como siempre ha sido, indígena y auténtica, a pesar de los siglos. En Quito, no miras las plazas, ni las torres encaladas, ni los palomares, ni los artesonados dorados de las iglesias para impresionar al gentío. No. Miras el comercio, lleno de verdadera inocencia, qué gracia la ferretería, qué bonito el escaparate de dulces, qué maravilla los jabones, trozos grandes apilados como adoquines de color caramelo oscuro, en una estantería sobre los sacos abiertos y arremangados llenos de legumbres cuyos nombres no sabemos pero donde hundiríamos las manos.

La calle está llena, es día feriado, y se celebra el escudo de Ecuador en el día que para nosotros es de Todos los Santos. Hay una banda de música y niñas vestidas de blanco y niños tocando tambores, pero ni oyes ni ves, porque los ojos se te van a la señora que pasa dejando un olor a anís silvestre flotando con las notas de su voz, “anís, anís” mientras se marcha con las ramas del anís en la espalda, y un sombrerito que parece hecho por ella misma, con una cinta blanca, y esa gracia de lo que es de verdad y no ha desaparecido con las cosas de la vida.

Otra mujer te vende unos chales que no sabes si son auténticos, pero da igual porque lo que quieres es mirar el sombrerito borsalino que lleva en la cabeza y que te hace preguntarte ¿por qué renunciarían a la toca hecha de paja toquilla que luego derivó en el sombrero llamado de Panamá? Un sombrero panamá que en realidad es de Ecuador, y que se llama así no tanto por la construcción del canal, donde se popularizó, sino porque en la Exposición Universal de París casi todo lo que se llevó de Sudamérica partió en barco de Panamá, antes de que se hiciera el canal, como estos sombreros de paja toquilla que los indígenas andinos llevaban con un ala mucho más ancha, y mucho menos flexible, para protegerse del sol.

Quién sabe si quizás por eso, para distinguirse de los campesinos, adaptaron los quiteños, y aún más las quiteñas, la costumbre de llevar un sombrerito borsalino de fieltro que podría ser el de un tirolés o el de un cazador europeo, de ala tan estrecha que el sol les da de pleno en la cara, este sol de Quito que, por la altitud de la ciudad, como las estrellas de noche, de día casi podemos tocar.

Se cuentan muchas cosas, historias de bombines y de borsalinos traídos de Europa en el XIX, cargamentos que eran de talla pequeña o del color equivocado y que vendieron a las indígenas andinas diciéndoles que les daba fertilidad. Lo cierto es que esta mujer del borsalino verde oscuro, llevaba un niño en la espalda, y al preguntarle me habló orgullosa de su sombrero como de algo que la distinguiera del resto, al pertenecer ese sombrerito ya a una región ecuatoriana. No se me olvida la belleza de su cara morena, su pelo negro trenzado, la sonrisa tan blanca y el niño, alegre, a la espalda, envuelto y sujeto por un tejido lleno de colores como la infancia.

Vuelves de Quito con la gente, como un sombrero, en la cabeza.