La propina

Salí de casa temprano, sorteando la cama provisional que había puesto para dos amigos de mi hijo pequeño, que se ha venido a vivir con nosotros, como una propina que no esperábamos.

Esta casa, no puede ser más pequeña y sin embargo, ¡cuánta gente cabe!, y ¡cuántos pasan por ella!, aunque sólo sea una noche en la que no están para conducir y recibo una llamada: “Mamá, es que si no, duermen en el coche”, claro, claro, muy bien, muy bien, que vengan.

Quizás fue un error decirle a mi hijo cuando llegó: “Piensa que ésta no es nuestra casa sino el piso de estudiantes de tu padre y mío” porque se lo ha tomado al pie de la letra y han empezado a pasar por aquí otros estudiantes, cosa que, por otro lado, y tras un par de años de silencio, hemos agradecido.

Suelo recordar lo que decía César González Ruano del tiempo que pasó viviendo en un estudio de la Via Margutta 33 con el techo de cristal y lleno de goteras, con una terraza que tenía una magnífica vista de Roma. Desde que leí la narración que hacía a propósito de este cochambroso estudio en un precioso librito que tituló “Mis casas” no he olvidado, porque ya entonces al leerlo me causó una viva impresión, la manera en la que describía sus días allí Ruano como una “de las temporadas más pobres y más alegres” de su vida.

La felicidad en una casa es una cosa muy curiosa, que no sabes muy bien de qué depende pero que no tiene que ver con los metros cuadrados ni con el lujo sino con una actitud que parecen tener las casas y que te la contagian como el calor al aire la luz que entra por las ventanas, o ese disco del sol grande y rojo que salía tras unas casuchas negras en “La Busca” de Baroja, al que también suelo recordar cuando paso por la que fuera su última casa, en Ruiz de Alarcón 12, en una finca de ladrillo rojo ahora llamada “Edificio Baroja” y en la que en una placa se dice que “Don Pío Baroja y Nessi vivió en este edificio hasta su muerte en 1956″. Muy cerca, en la misma calle, casi en frente si no me equivoco, hay un “Viena Capellanes”, una de las panaderías con salón de té donde estuvo trabajando Pío Baroja regentando este negocio tras dejárselo el fundador, que era su tío, primero a su hermano Ricardo y después Ricardo a Pío. El olor a pan en la ciudad es lo único que te consuela de no oler la tierra.

En la pared de la terraza de mi casa, que es más bien una azotea, hay unos baldosines que se han caído en parte y que dicen: CASA DE LA A____A, y que hay quien rellena mentalmente como CASA DE LA ABUELA, porque tiene algo de abuela esta casa, de hecho, no sé por qué, si me dejan, me veo viviendo en ella mayor, y más ahora que los vecinos son cada vez más jóvenes, pero empiezo a pensar que alguien que vivió aquí antes que yo puso: CASA DE LA ALEGRÍA , porque todo el que llega se contagia de un no sé qué agradable, o agradecido por la vida, quizás porque es pequeña pero con mucha luz y mucha vista, o porque tiene una manera de desvencijarse muy artística, con su suelo de madera pintado de blanco en el dormitorio, o el olor a pino tea que impregna la casa como una resina de los años.

Más que al sol, la casa está orientada a la luna, por lo que cenar en ella es casi siempre un espectáculo, la luna tan lenta y silenciosa, allí arriba, y la ciudad tan bulliciosa y llena de luces a toda velocidad abajo.

Tienes la impresión de que los dos tiempos se encontraran en ella.

Como cuando salí el domingo de casa temprano, en silencio, para no despertar a nadie, pensando, feliz, en el regreso, por corto que sea, de un hijo.

La calle olía a pan.