Francisco Pazos

Salió a despedir a alguien cuando nosotros entrábamos.

Llevaba un pantalón azul añil y una camiseta blanca, algo vieja y sobada por el trabajo, con el anagrama de seguros Ocaso. Atardecía y a la vez era ya muy tarde.

No teníamos que haber ido. Ni siquiera estaba previsto pasar por allí, pero Julie se empeñó en que fuéramos a ver a un escultor que, nos dijo, tallaba muebles.

En realidad, talla todo lo que se ponga a su alcance. No sé por qué me pareció cansado, como si le pesara el tiempo que perdía con todo el que se acercaba a su taller y a la vez no le quedara más remedio que atender con paciencia lo más amablemente posible, para seguir tallando.

No esperaba ver lo que vi, ni mucho menos. En principio una serie como de encargos, cuyos moldes se habían quedado al aire libre, estatuas de jardín entre las que me quedé mirando cómo subía una hiedra hasta la manzana petrificada que una señora sostenía en la mano. Incluso no siendo más que un molde, ni más que una estatua, había algo en el conjunto que hizo que mis ojos treparan como la hiedra.

En realidad, no sabes a qué responde que la mirada se pose como los pájaros en un lugar determinado pero es así, con la misma espontaneidad, como los ojos atraparon un detalle en apariencia sin importancia, y que consistía en unas grapas de hierro que había puesto este escultor para unir unas piedras a la manera en la que se arreglaban con grapas los fruteros antiguos de loza.

Luego te dabas cuenta de que había hecho del defecto virtud en muchas otras piezas porque esculpía también sobre los libros que ya no se usaban, libros de niños en edad de colegio, quizás de un curso pasado; o porque llenaba de maderas de colores muy distintos la grieta oscura de un tronco de cerezo.

Trabajos todos tan diferentes que dice que hay quien cree que son de varios autores, y sin embargo tienen para mí un algo en común muy característico, una suerte de alegría y de melancolía al mismo tiempo; y también un andar perdido y a la vez en el camino acertado que no sé por qué me gustó tanto, como esa manera en la que junta las tablas pintadas de blanco, sobresaliendo las unas sobre las otras y que a la vez están unidas en unos cuadros que tienen algo de marinero, como si recordaran estas obras a las cajas de pescado que aparecen en las playas, llenas de sol, deslavazadas por las olas.

En el último piso había una cuna grande de formas muy redondeadas que podría  balancearse también boca abajo, y sillas que eran como para que se sentara un gigante, muebles casi todos como si hubieran olvidado en algún lugar sus esquinas, hechos en ocasiones de piedra y de madera, y otras veces completamente de piedra pero con puertas que se abrían con la ligereza de la madera.

Salimos por un portón que era un laberinto de hierro mientras los ojos y el pensamiento volaban hacia una valla que parecía moverse como las olas aunque estuviera hecha con bloques rígidos de piedra.

Antes de marcharnos, le pregunté si había expuesto en el Reina Sofía, y sorprendido, me dijo que no, como si creyera que aquello le venía grande.

Creo que, a partir de ahora, el Reina Sofía me va a parecer pequeño mientras no descubra la obra de Francisco Pazos.