Ventanas de Luarca

Como si hubieran sido hechas para ser miradas más que para mirar por ellas, así son las ventanas de Luarca.

No me refiero a las nuevas, sino a las más desvencijadas, las del balcón pintado de gris en la plaza de Carmen y Severo Ochoa de Albornoz, el que tiene una hoja abierta y el mantel de cuadros rosa, azul y blanco al sol, con gran profusión de pinzas de lo más variadas.

Esas ventanas que ves cuando desembocas en el puerto y entonces ya no te da la mirada para tanta ventana desvencijada, que son las más hermosas porque son las que han visto, sin moverse del sitio, más mundo. Casi todas, además, las encontramos engalanadas con banderas, por una fiesta a la que no veníamos, al estar de paso. También los pesqueros parecen tener más pabellones de la cuenta, incluso se diría que están recién pintados de rojo y de blanco, de blanco y de azul, de azul y de verde, con mucho brillo sobre la madera, como de ojos de marinero, o de cristal cuando no se ha roto.

Porque muchas de las ventanas no tienen cristales, dando el aspecto gracioso y triste del que le falta algún diente, pues es la oscuridad la que se refleja, y no la luz, si falta el cristal. Y aún así, ¡qué hermosas son esas galerías que dan al puerto!

De lejos, la madera me parece pintada de un amarillo un poco ocre, y tan divididas que aún habiendo visto muchas galerías, ninguna como éstas de ventanas con tanto cristal pequeño, de tal manera que el sol, imagino, entra hecho trizas para quedarse dando calor cuando ya se ha ido, al no salir del enrejado de sombras que son los finísimos marcos de estas preciosas cristaleras.

Otras son de una sencillez que asombra y que recuerda a los pueblecitos chinos, porque la madera ni siquiera está pintada y el tejado es de lascas de pizarra, pero han tenido el detalle de ponerle de remate una suerte de sol en el ocaso hecho de cristales, una pieza redondeada que denota la voluntad de belleza que hay hasta en la más sencilla ventana de Luarca, como si ninguna de ellas quisiera desmerecer el lugar al que abren los ojos las casas.

Suelen tener estas ventanas, además, señoras que se asoman al muelle, y a las que te quedas mirando, como una mujer con pamela de paja que sale al balcón después de comer y de recoger la cocina, como un niño que saliera al recreo, todavía con el mandilón puesto, a mirar a la gente que pasea por el puerto, o las gaviotas que pasan volando a la altura del blanquísimo reloj del muelle que da las tres menos cuarto entre laureles de escayola, sobre un fondo de robles y alisos y laureles de verdad que caen al mar por los verdes barrancos que tiene Luarca.

Que nadie intente arreglar estas ventanas; o si lo hace, que tenga por favor el mismo cuidado que los buenos traductores de poesía que dejan siempre al lado el poema tal y como era, antes de traducirlo; porque es en esos cristales rotos, en la pintura descolorida, en el aire desvencijado de la madera, donde me ha parecido ver, agazapada y aún con vida, en las ventanas de Luarca, la poesía.