El ibón

De todas las noticias que he leído esta mañana, casi todas dramáticas, me he quedado con una sola palabra en el pensamiento: “ibón”.

Yo imagino que esta forma de seleccionar los textos, absolutamente errática como el vuelo del paíño tras los pesqueros, y que no sé de dónde me viene, ni adónde va, hace que trate de centrarme en las cosas que de verdad tienen importancia, y es que alguien que desconozco perdió la vida en la montaña. Empero, lo que me persigue, lo que se queda dando vueltas en mi cabeza sin descanso, es la palabra para mí ignorada hasta ahora de “ibón” que viene acompañando al texto de la noticia.

Todavía me intriga más el término cuando finalmente lo consulto y veo que se refiere a los pequeños lagos de origen glacial que hay en el Pirineo, por lo que deduzco que también llaman por extensión ibones a los peligrosísimos barrancos que los rodean y que son los responsables, a su vez, del final de la vida de estos lagos.

De hecho, la vida de un lago es muy corta si la comparamos con la de las cubetas de los océanos. Incluso los ríos, que parecen mucho más frágiles en su apariencia al estar en movimiento, poseen en general, si son grandes, una vida mucha más larga que la de un lago, que siempre tiene los días contados, entre otras cosas por la colmatación que provocan los sedimentos que caen de las montañas que los orlan. De alguna manera, todos los lagos terminan por autodestruirse.

Por eso hay muy pocos lagos profundos en el mundo, y casi todos son de origen glacial como estos ibones de los Pirineos, donde se puede considerar que se produce la misma fuerza de especiación que se da en una isla, ya que son islas de agua estos ibones que se quedaron acantonados tras las glaciaciones, por lo que su vida se puede datar entre los seis mil y los once mil años.

Todo esto lo leo en el tratado de Ecología de Margalef ,que fue un gran limnólogo, es decir, un experto en lagos, y que solía destacar que precisamente por lo corta que es la vida de estos espacios había que clasificar cuanto antes su fauna y su flora, en su mayoría única en la Tierra, como estudió en el lago Baical, que él escribía con “c,” y que era endémica, es decir que no la había en ningún otro lugar del mundo, en un noventa por ciento. Vida toda de agua dulce aunque estuviera hecha de caracolas que recordaran a las del mar, o de anfípodos que parecían camarones.

Están teniendo tanto dramatismo este verano las noticias, que el sucedido del montañero que ha perdido la vida en los Pirineos ha pasado casi desapercibido, y sin embargo ha prendido tanto en mi memoria la palabra ibón que lo acompaña, que será ya imposible ver uno de esos hermosísimos lagos de origen glacial, aunque sea a miles de kilómetros de distancia, incluso pasados muchos años, que cada vez que vea un ibón recordaré a este montañero para mí desconocido que en paz descanse.