Respecto a los ojos

Creía yo cuando era niña que los ojos más bonitos eran los más pequeños por lo que andaba sonriendo para que parecieran mis ojos casi ojales, donde resultaba imposible ver de qué color los tenía, al ser todo pestañas.

Tampoco tuve nunca muy claro de qué color eran mis ojos, pero me di cuenta de que la claridad, como de avellana, se acentuaba cuando me ponía morena en verano por lo que, aunque no me conviniera en absoluto, siendo de piel blanca como soy, quería tostarme aunque me quemara, para ver si así parecían mis ojos verdes en vez de castaños. Todo esto de niña, claro.

He recordado estas cosas tan infantiles leyendo ahora a Hudson, que es uno de mis escritores preferidos de la Naturaleza, contando en “Días de ocio en La Patagonia” que él iba buscando en la gente los ojos verdes como esmeraldas y que había llegado a la conclusión de que no existían. Se quedó incluso observando a una señora creyendo que había por fin dado con ese color en los ojos de alguien y resultó que al final eran más grises que verde esmeralda.

Mientras leía me preguntaba cómo Hudson, siendo tan observador de las aves, no se refiriera a los ojos verde esmeralda del cormorán, tan llamativos que asustan, al parecer una piedra preciosa en vez de un ojo. Como además es una ave toda negra, con tan sólo alguna irisación verde en las plumas, te quedas también de piedra cuando descubres, mientras toma el sol en la roca de un islote con las alas abiertas, casi sin llegar a creerte lo que estás viendo, que tiene los ojos de un verde esmeralda muy intenso.

Pero ahora, sentada aquí en mi nuevo despacho, que he instalado en las viejas cuadras, con el sobrado donde se guardaban las pacas como techo, y los nidos de los gorriones todavía bisbiseando de pollos recién nacidos, algunos ya volantones, veo que hay un capítulo en este libro de William Hudson titulado “Respecto a los ojos”, que se inicia con esta frase: “El blanco, el carmesí, el verde esmeralda y el amarillo dorado brillante se hallan entre los colores presentes en los ojos de las aves”, para después hablar de un caso muy curioso, de un argentino de ascendencia española que él llegó a conocer personalmente y que tenía en sus pupilas castaño-rojizas “numerosas líneas finas semejantes a letras griegas” por lo que sus vecinos le llamaban, literalmente, “ojos escritos”; muy parecidos, señala Hudson, a los de una especie de zambullidor precisamente muy común en la región del Plata.

A mí siempre me han llamado mucho la atención, más aún que el plumaje, los ojos de las aves, no sólo del cormorán, sino también los ojos como de rubí, casi de un naranja brillante, del zampullín y también de los ostreros, de ojos tan naranjas como su pico; también me impresionan los ojos azules de los alcatraces, que parecen pintados.

Sin embargo otras aves más coloridas como la carraca y su plumaje azul turquesa que pintara Durero en su “Ala de una carraca”, y que era como una montaña redondeada por el viento con su neveros y sus praderas y sus veinte arroyos azules que eran las plumas rémiges, se deja fuera el artista los ojos, que no dicen nada porque son oscuros, aunque también Durero fuera el autor en 1508 de los ojos más negros y más grandes y más melancólicos que jamás se hayan pintado con tanta precisión, al retratar a un cárabo (Strix aluco) y sus ojos negros como pozos donde hasta el eco de una piedra al caer sería oscuro.

Levanto la vista y me encuentro el trigal dorado, los pastos muy verdes, la tarde limpia y azul.

Todo como nuevo, porque está vivo.