Los cuatro castaños

Estaban tan verdes que daba gusto verlos.

Bueno, la verdad, es que me quitaban el sol por la mañana y la vista del valle, pero a cambio, qué maravilla es observar cómo va haciendo su copa un castaño, que se junta con la de al lado como si fuera un solo árbol, para luego dar en junio esos gatillos que tanto les gustan a los caballos y que desprenden un olor más dulce que el de las flores coloreadas.

Ya de lejos, cuando me paré a saludar a Pilar y a Antonio, divisé sus ramas secas, grisáceas como los huesos de un esqueleto. Es curioso cómo pierde el color todo lo que se queda sin vida, ya sea una flor entre las hojas de un libro, ya un tronco de un gran árbol, que adquiere el gris de una lápida que a la vez no pesa porque la madera por la que no circula la savia, se vuelve liviana, frágil como si fuera a quebrarse con el primer golpe de viento.

En realidad, todo empezó porque el camión del pienso no pasaba, y para ir a casa de Manuela se las veía y se las deseaba ya que las ramas del castaño, al contrario del ciprés, que están siempre en vertical, incluso las de las higueras, a las que hay que poner rodrigones para que no se caigan del peso, cuando salen, al menos apuntan al cielo como las velas de un candelabro, con la uña verde de la primera hoja señalando una nube que pasa; pero, ay, los castaños, se extienden en horizontal como una hoja acorazonada, y ocupan la calzada a una cierta altura, justo la del camión que traía el pienso para las vacas.

Y bueno, ya me di cuenta yo de que era un mal momento para darle una poda a las ramas, pero ¿qué hacer? si cortaban el paso. A partir de ese día, fue como si se le hubiera quebrado el corazón al árbol, o como si se estuviera vaciando por una vía abierta de entrada a cualquiera de esos hongos que, a la mínima, los atacan. Porque un árbol, cuanto más grande, más frágil. Los años no le salvan. Al contrario, más fácil es para un brinzal salir adelante que para un ejemplar consolidado mantenerse. Y así el año pasado ya no tenían buen aspecto, pero este, son ya los cuatro castaños barcos hundidos en el silencio de sus ramas.

Los miro y parecen cáscaras vacías de lo que fueron. Es como si la vida se les hubiera ido, como a los pájaros, volando.

Esta mañana me entretuve definiendo la especiación como la fuerza generadora de especies, que se contrapone a la extinción. Tenemos, no sé por qué en la cabeza la idea de que las especies más fuertes son las que sobreviven, y es todo lo contrario: son las más especializadas las más débiles, mucho más que los diminutos oportunistas como los Triops de los que escribe Margalef, unos pequeños crustáceos con aspecto antediluviano que siguen sobre el mundo porque llegan antes que sus competidores a los charcos más efímeros para luego aguantar sin agua. Nadie miraría para ellos. Y ahí están, existiendo sobre la Tierra tanto tiempo como las flores, ésas que parecen también frágiles: nada más y nada menos que doscientos millones de años. No creo que los castaños como especie duren tanto.

Porque estos cuatro castaños, que parecían tan fuertes, se han secado uno tras otro de un plumazo.

He recuperado la vista del valle, y el sol por las mañanas, pero hubiera preferido que siguieran, hasta el último día, robándome.