El luminoso

Al día siguiente de la victoria del Atleti, desmontaron el luminoso que tenía en el edificio de al lado un grupo catalán de seguros.

Me extrañó que realizaran este trabajo en domingo, y a la vez, me hizo gracia esta coincidencia de las cosas que nada tienen que ver la una con la otra, pero que se dan al mismo tiempo, o sucesivamente. El orden, me parece que tiene tanta importancia como los hechos en sí mismos. Y hasta para los sucedidos más insignificantes, como el desmontaje de un luminoso, me gusta observar, no sé por qué, esta concatenación de las cosas.

Y me gustaba ver también ese letrero desde mi cama. Lo observaba, abriendo de noche la ventana, apoyando, sobre los pies del cabecero, la espalda. Para los que venimos de vivir en un pueblo; bueno, en mi caso aún peor, en un claro de un bosque sin alumbrado, donde durante las noches de luna llena se veía cómo los árboles seguían dando sombra, la sombra de una penumbra que es la luz de la luna, los luminosos de los edificios, nos asombran y nos encantan, como este de los seguros de color rojo Atleti.

Observándolo, me sentía yo como una de esas mujeres de Edward Hopper, sentada en el borde de la cama, o en una de esas cafeterías americanas que Hopper pintaba como nadie y donde todo era soledad y despojo de lo innecesario, excepto el luminoso encendido en la noche de algún edificio. Su última obra, es curioso, fue una habitación vacía, llena de luz, como si hubiera querido poner el punto final tan sólo con la luz del sol, concluyendo que, el Sol, es el que pinta el principio y el final en el mundo.

Los luminosos tienen algo de fosforescencia marina que me recuerda a la bioluminiscencia que observé en la laguna Grande de Puerto Rico, a la que me llevaron una noche en la que había que, primero, meterse en el mar; el cual, a oscuras, parece un medio completamente distinto, como si el agua con la oscuridad se espesara; para luego subir a un kayak, donde ya nos dijo el monitor: “El remo es su mejor amigo”. Creo que en ningún otro lugar me he preguntado yo tantas veces qué hacía allí, porque para llegar a la laguna bioluminiscente había que atravesar navegando el túnel de un manglar que no dejaba pasar ni el aire ni la luz de una estrella, una suerte de cueva vegetal donde los silbidos, casi un abucheo de toda suerte de sapos y de gusarapos, rebotaban y hacían eco en las hojas del mangle.

Tal era la oscuridad que al salir a la laguna, me pareció que era de día, por la luz de la luna llena, lo cual hizo que nos taparan con una lona para nublar la noche, y ver, al agitar el agua, la biolumiscencia como de luz de neón azulada. Esto me recordó a lo que contaba el hijo de Cela, que su padre se tapaba a veces para escribir palabras que brillaban. El causante de esta luz asombrosa y fría de la laguna puertorriqueña que brilla todo el año cuando algo agita el agua, un escualo, o una mano, es un dinoflagelado llamado Pyrodinium bahamensis.

No sé si esta noche encenderán el nuevo luminoso que ha venido a sustituir al viejo porque este párrafo final del artículo lo escribo ya desde la aldea donde, los manzanos, como escribiría Proust, dan con la luna sombras redondas.