El Ártico

Caminaba por delante del Palacio del Marqués de Salamanca, donde siempre quise entrar.

Desde afuera había visto las esculturas, unas celosías de Cristina Iglesias, quien también hiciera las hermosísimas puertas vegetales de bronce de la ampliación del Museo del Prado, y una magnífica exposición no hace mucho sobre el agua en el Reina Sofía.

Yo vivo de estas exposiciones. Quiero decir que nunca antes los museos y demás lugares donde disfrutar de la cultura se habían vuelto algo tan esencial para mí. Es como si la tierra y el mar hubieran suplido hasta hace no mucho esta necesidad de cultura que tengo ahora en la ciudad; o quizás es que la tierra y el mar son la cultura misma aún sin esculpir, en bruto y en directo, porque esta cultura que llega hasta la ciudad, tan refinada, es como la lluvia en diferido que recibe una maceta bajo un tejado, una planta que sigue viva gracias a un agua de grifo que le llevan en regadera todos los días pero a la que jamás alcanza el agua, al pasar, directamente desde una nube.

Sin esta agua en diferido, creo que me moriría de sed de vivir, por no tener la tierra bajo mis pies, ni el mar flotando sobre los ojos.

Por eso, al pasar hace unos días por delante de este palacio de Recoletos que hoy es la sede madrileña de la Fundación BBVA, y ver esa foto del Ártico sobre la que anunciaban varias conferencias, decidí que tenía que ir por la lejanía desde aquí de ese lugar que, al contrario de la Antártida, que es un verdadero continente, es en su mayor parte un océano, un agua helada rodeada de continentes. El título de la obra de Boris Leontievich Gorbatov: “Agua grande (relatos del Ártico soviético)” define muy bien cómo es Ártico, un agua grande que huele a musgo y a hielo derritiéndose en primavera… “Se apoya uno levemente con un pie sobre el hielo, y de debajo del hielo fluye el agua sonora, primaveral. La tundra es como un pantano ininterrumpido. Solloza ruidosamente bajo la presión de las botas. Es blanda, dúctil y se halla cubierta por la hierba amarilla del año anterior y por el tierno musgo primaveral, semejante al plumón de las aves”… relatos del Ártico, traducidos por Augusto Vidal, auténticos y concisos que sólo podría escribir un ruso, o alguien de alguna de las otras cuatro naciones a las que pertenece, geopolíticamente, el extremo norte del Ártico.

Del Ártico, sé muy poco, pero viviendo en Anchorage, en Alaska, tomamos la carretera hacia el norte hasta alcanzar el Círculo Polar Ártico, a la altura de Fairbanks, con mi hijo mayor, todavía en una sillita, con poco más de un año. Dejamos atrás los caribúes y los alces y los bosques de abetos vela y abedules, casi al final del verano, cuando ya empieza a parecer que es otoño. No he visto ríos más azules, de un azul muy claro, casi de mar caribeño, como en Alaska, donde los salmones rey, de un rojo intenso, de casi un metro de largo, se detenían a descansar moviendo la cola para aguantar la corriente. Bueno, las cosas que vi en Alaska, no las he visto en ninguna otra parte del mundo, todo de una grandiosidad que emocionaba con solo contemplarlo.

También me pareció que se emocionaba al hablarnos del Ártico el profesor de Biología Ártica y Marina Paul Wassmann, de la Universidad del Ártico de Noruega, explicando la belleza de uno de los pocos lugares aún salvajes de la Tierra, afirmando que constituye un verdadero desafío predecir el futuro del Ártico, al no tener registros suficientes de su pasado. Al profesor Wassmann se le va la belleza del Ártico por la voz cuando habla. Se le iluminan los ojos queriendo que veamos las auroras boreales, la biodiversidad desconocida, el frío del invierno, lo indómito que es aún este lugar que llamamos Ártico. Y habla con esperanza de un futuro en el que la cultura del petróleo sea sustituida por una bioeconomía, término que ojalá escuchemos mucho en los próximos años, porque “tenemos que alimentarnos”, dijo. “Océano de eternidad” llamó a las aguas del Ártico, si son bien gestionadas. No habla de un mundo irreal y deshabitado, sino real, cercano y humano, que convive con la Naturaleza. Y habla del conocimiento, de la necesidad de un profundo conocimiento del Ártico, no de aquí a cinco años, sino para lo que queda de siglo, un conocimiento multidisciplinar, transversal, y continuado.

No sé por qué elegí para escuchar precisamente la conferencia de Wassmann que cerraba el resto de ponencias. Fue eficaz y conciso, verdadero como un cuento ruso.

Salí con la pureza en los oídos de un trozo de hielo azul flotando, de ese azul que sólo consigue el hielo tras muchos siglos de frío. En la calle hacía calor, y el aire olía a hollín y a gasolina. Un tráfago de gente y de coches iba de un lado para otro, sin que se pudiera decir muy bien adónde iban. Veía las luces de las ambulancias y de la policía pero ya no oía las sirenas: había hecho oídos sordos mientras caminaba pensando en lo que acababa de escuchar bajo la impresionante lámpara del Palacio del Marqués de Salamanca.

Por un momento viví, en el centro de Madrid, el silencio del Ártico.