Los vilanos

La boda estaba llena de vilanos como si los árboles también se casaran.

Mientras daban los aperitivos al aire libre, se me iban los ojos hacia esta suerte de respirar blanco, como de vaho en los días fríos, que emanaba, bajo un cielo muy azul y muy cálido, de los árboles de la ribera. Salían volando las borras algodonosas de unos chopos con los verdes recién estrenados, tan blancas y tan ligeras como unos visillos a los que se les acaba de abrir una ventana.

Por extensión, se suele llamar a todo vilano, pero si queremos ser muy precisos, cosa que no siempre es necesaria, son vilanos los molinillos de viento de las flores compuestas, ésos que soplábamos de niños, y que nacen del cáliz; a diferencia de las borras algodonosas que salen volando ahora de los chopos y de los sauces, gracias a que su semilla, lleva a modo de vaporoso tocado, estos penachos con los que se dispersa volando.

Lo que sí es casi un crimen para un mínimo de conocimiento general, es llamar polen a estas borras algodonosas que vuelan con la semilla dentro. Tenemos tan unida en la memoria el vuelo de estas pelusas con las desagradables alergias al polen de las gramíneas (microscópico, invisible al ojo humano), que llamamos polen a lo que es vilano, por coincidir en el tiempo primaveral y seco. Y esto sí que es un error de bulto, ya que es imposible, por su tamaño, respirar los vilanos.

Me hizo gracia el otro día observar por vez primera la manera en la que caen estas borras desde las ramas, ya que lo hacían en oblicuo, igual que los rayos del sol que asoman entre las nubes, o como hacen los mochuelos en los atardeceres anaranjados, que en vez de posarse en el cable del teléfono que está paralelo a la tierra, lo hacen en el que tensa el poste, como si prefiriera el mochuelo, ese búho sin “orejas” plumosas, desmochado como un chopo que hubieran podado sin compasión; prefiriera, decía, la hipotenusa al cateto.

A veces pienso que hay cosas que la ciencia no ha descubierto porque son demasiado obvias. Es como si todo aquello que fuera de cajón, como la manzana de Newton cayendo, fuera más difícil de ver que el resultado de un sesudo experimento, aunque se repita cada día, o al menos cada primavera, delante de nuestros ojos.

Quiero decir que si aún no hemos dado, a estas alturas de la ciencia, con una explicación precisa sobre el origen de la vida en la Tierra, es seguramente porque tenemos la respuesta justo delante de nosotros; que es tan obvia la manera en la que comenzó la vida en este planeta que nuestra vanidad nos impide aceptar que fue de una forma sencillísima, tan sencilla como el caer de las borras algodonosas desde un chopo, y tan obvia como la explicación que Crick, premio Nobel, codescubridor de la estructura del ADN, diera antes de morir hace diez años, para que pensáramos en la idea de que la vida pudo empezar cayendo.

Son tan escasas las posibilidades de éxito que estos árboles la combaten con un exceso de producción de semillas, que molesta muchísimo a quien lo observa como si de suciedad se tratara, siendo estas cosas bien miradas las que nos pueden dar algunas explicaciones. Suelo acordarme de Margalef, cuando decía que en ocasiones era más eficaz para la comprensión de la Ecología ir a contemplar cómo bajaban las aguas del río que resolver ecuaciones matemáticas.

En la boda, las borras del chopo tapizaban de blanco el césped y se sentaban, con los invitados, en los sillones, donde parecían relleno que se hubiera escapado de los asientos.

Y no era más que la vida, con los novios, empezando de nuevo.