Los temporales

Tiene su belleza el mal tiempo en el campo.

Hay un horizonte por el que ves llegar los nubarrones como cuervos en bandada, y los eucaliptos inclinados como si fueran espigas de trigo. Caen de los pinos las piñas y también las acículas y, al pasar los tractores y los coches, se quedan a los lados amontonadas como si fuera una nieve oscura.

A partir de setenta kilómetros por hora es cuando se dan las denominadas “podas del viento” que es cuando el árbol, sin brazos, consigue quitarse de encima las ramas viejas por este proceso que viene desde hace millones de años: aire y árbol ayudándose mutuamente. En ocasiones, quedan los caminos cortados, o lo que es peor, cae una rama sobre un tendido eléctrico, y te quedas sin luz varios días y por ende sin calefacción y acabas pasando la noche al lado de la chimenea. Pero esto, también tiene su belleza.

Intento encontrarla en la ciudad y no aparece por ningún lado, quizás por la falta de horizonte. No se ven llegar las nubes sino que aparecen de pronto entre los edificios y, el viento, en vez de venir de frente, o soplar del sur o del norte, se desvía por las calles como una bola de acero en un juego de madera, de tal manera que se producen corrientes inesperadas a la vuelta de las esquinas. Se ponen del revés los paraguas, y cuando miras la cara de la gente, son caras de frío, la piel blanca y muy seca, más enjuta que la de un campesino a quien las cárcavas del tiempo, por donde corrió el sol como el agua, le ha dejado el rostro marcado, pero con una cierta dulzura en la expresión aunque sea el agricultor más rudo del mundo. Veo en ellos la imagen recia, sabia y dulce de la tierra, de tanto mirarse en ella como en un espejo.

El viento, en la ciudad, ya lo he escrito, me da miedo. Siempre voy pensando que me va a caer algo de algún andamio y además ¿para qué sirve el viento en Madrid si aquí hay jardineros que se encargan de las podas? Bueno, al menos limpia el aire, pero prefiero verlo barrer desde el campo las últimas hojas, o las olas del mar para levantarlas y que se rompan en espuma, y después, tras el muro de libros de mi casa, observar a lo lejos llegar las nubes como una bandada de gaviotas que se adentran huyendo, o como los zarapitos que aparecieron un año y no volvimos a verlos, o las avefrías de plumas irisadas de verde que de noche maullaban como gatos. Para los que nos gustan las aves, los temporales son una buena noticia, la mejor oportunidad de ver especies distintas, como esa alca del primer invierno que se quedó flotando en la bocana del muelle.

Dicen que mañana entrará un nuevo temporal.

Echo de menos mi casa y mi paisaje cuando hace mal tiempo.