A solas por la dehesa

Me fui caminando sola por donde ya habían pasado los gamos.

Se apreciaba perfectamente la senda de barro, tan llena de huellas por lo que había llovido que no se veía con claridad ninguna, al superponerse unas a otras hasta semejar la trocha ya seca algo así como las grietas del tronco de una encina echado sobre la tierra.

Sólo en la orilla del camino pude observar algunas huellas aisladas que recordaban, aunque mayores y menos curvas, a las huellas del corzo porque también semejan dos lunas, una luna creciente y otra menguante encaradas, secándose y llenándose de luz con el sol del día.

También las cúpulas que sostuvieron a las bellotas parecían ahora, colgadas en las ramas de las encinas, diminutos cuencos vacíos de madera para recolectar el sol, como si los frutos hubieran querido a su vez dejar su huella en el mundo. Es curioso que no caiga con la bellota su cúpula, llamada en el Diccionario de Autoridades coronilla o capuchillo, sino que deje caer la bellota a la tierra sola, tras crecer a la vez con ella en la rama. Es ahora cuando mejor se aprecia, en el fondo de esta cúpula hoy vacía, el círculo poroso más oscuro que es por donde la bellota se fue alimentando de savia, tanta que en ocasiones da lugar a lo que en Extremadura llaman la miel de bellota y que nada tiene que ver con la miel de sus flores sino con una gota que tienen en ocasiones asomando por el borde en verano las bellotas y que no es más que la savia desbordada de la encina. Si algún gamo al ramonear tirase al suelo la bellota cuando todavía no ha madurado, entonces la savia seguiría manando por ese círculo oscuro del fondo hasta llenar esta suerte de tazas de madera en miniatura que son las cúpulas de las bellotas, tan artísticas y variadas según el género de Quercus del que se trate, pero todas igual de hermosas.

La verdad es que a poco que te fijes en las cosas descubres una belleza inmensa en lo más pequeño, como cuando miras la corteza de la encina que da al norte y la encuentras cubierta de líquenes de un gris luminoso, como de ceniza seca, salpicado por el oro vivo de otro liquen, la Xanthoria parietina, en mucha menor medida, claro, pero basta con la belleza de esa minoría para que todo el gris de la Parmelia resalte.

Todavía quedan en las riberas algunas majuelas en los espinos blancos, de un rojo tan vivo como el atardecer que es para algunos frutos el otoño y el invierno y que ahora empiezan, marchitos ya como una noche, a ennegrecerse con el frío, mientras en la dehesa han empezado a salir unas flores amarillas que recuerdan a los jaramagos.

Mirando el paisaje lo que más te llama la atención es el contraste de los picos blancos de Gredos arriba, y abajo el verde seco de la encina, tan de campo sediento, tocando aparentemente la nieve en el horizonte.

Un paisaje que desapareció cuando alguien, creyendo hacerme un favor, me recogió por el camino.