Enero

Para los que venimos de la costa la nieve es nuestro mar.

Da gusto ver las tejas mojadas en la ciudad, cómo llueve, pues te da la misma tranquilidad que cuando oyes funcionar el lavaplatos, la ciudad se está lavando, piensas, cuando llueve. Y a lo mejor no sales y te quedas leyendo mientras afuera cae el agua del cielo como cuando vivías en el campo, sólo que ahora todo el campo son unas macetas colgadas de la ventana con unas hiedras cuyas hojas se ponen rojas, como la nariz y las manos, con el frío.

Hablo con un amigo que está en la sierra y me dice que allí está nevando. Inmediatamente quiero ir para ver cómo han quedado las cosas, cubiertas de nieve, porque la nieve le da una oportunidad a todo para ser de otra manera. Nevar es un volver a empezar, el rastro blanco de tiza que quedaba al borrar la pizarra, para escribir de nuevo. Puede que jamás olvidemos las cosas de la infancia porque están más adentro de nosotros, a salvo, cubiertas por más capas de nieve.

Tengo que ir a la sierra para observar las huellas que dejan las alas de los pájaros cuando despegan, como manotazos que tropiezan con la tierra nevada. O escuchar el sonido, como de cueva, que tiene el aire cuando está helando y ha nevado. Pero todavía no estoy bien del todo, por lo que será mejor quedarme viendo cómo llueve sobre los tejados.

Si no nieva, es difícil adivinar en la ciudad de Madrid, por la Naturaleza, que es enero. Quizás lo más llamativo sean los frutos blancos del Ginkgo biloba hembra, o las aceitunas negras de los olivos que hay plantados en la plaza de España. Es curioso cómo dan frutos para nada, la inocencia que tienen estos olivos al crecer sin saber que están en una ciudad, quizás porque los árboles no tienen ojos para darse cuenta de que no están en el campo. Dan aceitunas igual que si estuvieran en un olivar porque tienen luz y tierra y agua, aunque no tengan paisaje. Viven con una venda en las ramas.

En enero, es cuando los milanos llegados de Alemania sobrevuelan la Tierra de Campos sobre el trigo de primera, o cuando en Asturias paren las osas un diminuto y caliente pedazo de vida de sólo trescientos gramos. Oseznos llamados esbardos que nacen en una osera que es una continuación de la madre, para acabar de hacerse mientras acaba el invierno.

Enero está para mí asociado a los primeros turiones de los narcisos emergiendo de la tierra, y a los amentos de avellano como lágrimas de polen de un verde muy claro, sobre un río caudaloso y turbio por donde bajan los zancados, esos salmones que ya realizaron la freza y que mueren por haber acertado el camino.

Enero. Frío, nieve y lluvia. No sé por qué creía yo que jamás llovía en Madrid. Pero me gusta, también aquí, estar cerca del agua. Sobre la nieve, o bajo una lluvia de domingo.