Autónomos

Tengo entendido, si no me equivoco, que nos van a subir, de manera muy sutil, los impuestos a los autónomos.

A mí me parece que somos igual que los primeros colonizadores de la roca madre, esos líquenes que poco a poco recubren la piedra hasta hacer posible que llegue el musgo, y luego la tierra suficiente para que salgan los helechos y al fin algún arbusto y alguna conífera y luego todo el bosque silvestre. Se llama sucesión a este proceso.

Así he visto mi tejado en Galicia antes de irme, ya en la fase de helechos. Puede que cuando vuelva, me encuentre que ha germinado algún brinzal de pino entre las tejas. No es la primera vez que lo observo, un pino sobre el tejado de una casa, porque en Galicia entre la lluvia, los pájaros y el viento, alcanzan los propágulos alturas muy por encima de la tierra.

Quiero decir que sin los autónomos no se llegaría a lo que se denomina en ecología el climax, que es a lo máximo que puede llegar un ecosistema. Constituyen los autónomos una fuerza que recuerda un poco a la de las bacterias, que no son nada una a una pero que, juntas, pueden cambiar el clima de la Tierra como ya lo hicieran en el pasado, transformando la primitiva atmósfera reductora en una atmósfera oxidante, que es por la que nuestra vida ha sido posible.

Cuando yo me hice autónoma, hace ya tantos años que me da vergüenza recordarlo, se presentó en mi casa, entonces a las afueras de Madrid, un inspector de trabajo. Era verano. Yo estaba en pantalón corto. No sé por qué me acuerdo de ese detalle tan tonto. Es curioso cómo lo que terminamos por recordar no son las cosas más importantes que nos sucedieron, sino lo más insignificante: lo que llevábamos puesto ese día, lo que comimos mientras conversábamos, el olor del aire, una palabra, una mirada. Cosas sin importancia que no pasan aunque pasen los años. Se aferran como los líquenes crustáceos a algún lugar de la memoria. Pues bien, recuerdo perfectamente, quizás por el reparo que me dio, que llevaba pantalón corto ya que, como era de esperar, el inspector de trabajo venía trajeado. Se presentó en mi casa sin avisar para ver si era verdad que me había hecho autónoma por voluntad propia ya que resultaba extraño que, estando trabajando fija en unos laboratorios, lo dejara para ganar menos y en peores condiciones. “Es que me quiero dedicar a la divulgación de la Naturaleza”. La expresión de aquel señor, que imagino sería jovencísimo pero que a mí me pareció entonces mayor, era un poema, y a veces me acuerdo de él, sin recordar su cara en absoluto, pero sí ese pensamiento que pude leerle fugazmente en los ojos de: “Esta mujer no sabe lo que hace”. Y cuánto no me acordaré dentro de unos años, cuando me jubile, si es que me jubilo algún día, y veo la pensión que me ha quedado.

O dentro de unos días cuando me digan que han subido los impuestos a los autónomos, que es lo mismo que ralentizar la colonización de esa roca madre que es la crisis.