Andarríos

Toda vida es una novela con tal de que dure lo suficiente.

También la de los pájaros a los que voy poniendo nombre según vivo.

Venía de dar un paseo por el espigón del muelle, observando cómo las gaviotas se quedan a una cierta altura en los brazos del aire, igual que los colibríes pero con las alas detenidas, abiertas, señalando como una veleta que estuviera clavada al tejado invisible del cielo la dirección del viento. No avanzan. Ni se dejan empujar por su fuerza. Como pinchadas por un alfiler abren las alas y viran levemente, marcando con el pico por dónde está entrando el viento. Se diría que se divierten. Que juegan a estar suspendidas sin hacer nada, observando desde arriba cuánto ha bajado la marea, que incluso hace unos días había olas donde jamás las había visto antes en la ría, de lo que asomaban los arenales sumergidos casi siempre cubiertos.

El temporal, ya había pasado, porque estos temporales son también como las olas, que se encadenan uno tras otro pero que entre medias hay una cierta calma; una calma casi tropical porque estamos ahora mismo en Galicia a diecisiete grados, que es algo que no se cuenta en las noticias, la tibieza de esta lluvia y de estos días donde el viento se calma y sopla y hace volar, quietas, a las gaviotas.

Fue entonces cuando me advirtió mi marido de que había un correlimos en el muelle, donde están las motos náuticas sobre una suerte de flotadores. Y allí, efectivamente, estaba un pájaro solitario, de pico muy largo y mirada inocente, con el color arenoso de las rocas por arriba y la claridad de una nube blanca en el pecho. Me acerqué lo suficiente como para que echara a volar, a la manera en la que vuelan estas aves, a toda velocidad, molestas de que te hayas acercado más de la cuenta. Ponen entre tú y ellas, una suerte de raya amarilla, como las que hay en el suelo frente a las ventanillas de los bancos, para que no la traspases antes de tiempo. Mientras mantengas la distancia, podrás observarlas.  Ellas incluso avanzan para que esa distancia se conserve aunque tú te acerques, como suelen hacer en invierno por las playas, que van caminando los correlimos por delante de tus botas, siempre guardando las distancias. Y es curioso porque no saltan: caminan. Algo que también sucede con otra ave a la que se llama andarríos, la lavandera, como si estos pájaros que pasean por las orillas hubieran evolucionado con respecto a los gorriones que andan a saltos como en una carrera de sacos con las dos patas juntas, para no salpicar y mojarse en el caso del andarríos el plumaje y caminar como lo haría una señorita por la orilla, con la misma gracia que “La hija de Ryan”, la protagonista de la película de David Lean, con su sombrilla por una playa irlandesa.

Fue precisamente al acercarme de más y emprender el vuelo, cuando comprendí con claridad que ésta era la misma ave de línea blanca en las alas que observaba desde el bote, en verano entre las rocas. ¡Por fin!. Me faltaba ponerle un nombre a este personaje. Andarríos chico. Actitis hypoleucos.  Anidan entre las piedras de la orilla. Cantan en verano de noche. Aves vadeadoras que van por las rocas con la claridad de una nube en el pecho.

Esta es mi vida.

Los ojos en vuelo, tras un pájaro.